Puede que sea la edad, o puede que la kriptonita, como dice el Krahe, pero lo cierto es que todo va costando cada vez un poquito más. Aseguraba el futbolista Luis Figo que, de repente, de un día para otro, dejó de llegar a balones a los que hasta ese momento había llegado sin dificultad. Se trató de una distancia nimia, de menos de un centímetro, de una chispa, pero suficiente para impedirle seguir siendo un número uno. Primero lo notó él. Y se lo calló. Se esforzó en disimular. Hasta que resultó inocultable que había perdido facultades. El tiempo lo había alcanzado, dicho mediante esa expresión tan machadiana.
Siempre me ha llamado la atención la anécdota de Figo, y pienso a veces en ella. Porque, según el extremo portugués, la cosa ocurrió de un momento a otro, de un día a otro, de súbito. Y eso está muy en consonancia con una idea que me lleva rondando desde la adolescencia y que quizá tenga visos de ser cierta: los cambios nunca son progresivos, lentos, pacientes, sino repentinos. Lo que es progresivo, lento y paciente, lo que tarda, es el hecho de que los percibamos o los asumamos. Así, la vejez llegaría a una hora muy determinada. Y nosotros seguiríamos, como Figo, negándola, haciendo como que no pasa nada.
Las conversiones religiosas no son fruto de años de lluvia calmosa, sino que brotan en un fogonazo de iluminación. Las grandes aversiones no nacen por erosión, sino que rompen la cuerda de golpe. El amor no te arrebata por entregas, sino que te secuestra sin avisar. ¿Crees entonces en los flechazos? Es que sólo creo en los flechazos. Un amor a plazos no es un amor, sino una relación funcionarial a la que sólo le falta ser certificada mediante impresos y pólizas. Firme aquí, donde dice que los sábados por la mañana los pasaremos en el Carrefour, y ya puede besarme.
El cambio, la asunción del cambio, la actitud ante él. Ese tema me ocupó seriamente durante toda la adolescencia y hasta adentrarme en la treintena. Heráclito, Parménides, Platón… Qué turra me dieron.
Ahora no le doy tantas vueltas al asunto. Quizá porque tengo claro que lo verdadero no cambia. Y que los cambios son repentinos. Que lo que es lento es que nos demos cuenta de que las cosas han cambiado. O que nos resignemos y lo asumamos. O que tengamos la valentía de reconocer que llevamos toda la vida boicoteándonos.
Nadie cambia, sostiene mi amigo Enric Rufas, dramaturgo y guionista. Puede ser, Enric, pero sí se gasta uno y se lima, más cómodo, menos respondón, hasta más compasivo. Empiezas a verte en el otro, y viceversa. Y no es que te hayas vuelto bueno, sino que valoras tu tiempo y no quieres perderlo con un gaznápiro. Qué adjetivo, por cierto, qué esdrújula. Las esdrújulas son muy graciosas, ¿verdad? Eso no cambia nunca.