El aprendiz

El aprendiz entra en el despacho, tal y como le han indicado, y se sienta en este lado de la mesa, donde el sillón de la señora ministra queda tan alto. Lleva el informe en una carpeta, una carpeta que no suelta y a la que se aferra, sin darse cuenta, intentando sofocar así los nervios. La ministra no tardará, seguro que no, pero claro, son momentos tan complicados que es normal que el equipo de gobierno no dé abasto.

Huele a limpio. Por la ventana se ve un jardín de esplendores verdes al que dan ganas de irse a pasear a esta hora de media mañana, porque el día de mayo todavía se parece a uno de abril y el viento es frío, pero los muros del ministerio protegen de esas inclemencias. No hay tiempo de pasear, piensa el aprendiz, no hay tiempo de nada, con lo que tenemos encima.

La señora ministra llega por fin. Trae cara de cansada. Vendrá de cien reuniones previas, de tomar mil decisiones. Quizá ni ha dormido, trabajando toda la noche. Se desploma en su sillón, ojerosa. Pobre mujer. Si la gente supiese el peso que lleva sobre sus hombros no haría esos memes de ella. Y no inventarían tantas calumnias respecto a su pasado y su forma de ascender en el organigrama del partido.

La ministra llama a una asistente y le pide que le traiga un zumo de tomate con pimienta y sal para acompañar una pastilla que toma. Suspira. Se fija en el aprendiz. Le empieza a hablar de su padre, al que le dice que se parece. Le pregunta por él. El aprendiz responde, aunque desea entrar en faena y entregar su informe. Sabe que se avecinan medidas duras, que la cosa se pondrá difícil. Pero la ministra no parece tener prisa por empezar. Sigue hablándole de su padre, del modo en el que éste le dio a ella una oportunidad cuando él era el ministro del ramo y ella tan jovencita. La ministra toma su pastilla y de un trago apura el zumo que le traen. Y enciende un cigarro.

Alarmado por el humo del pitillo, el aprendiz carraspea y procura que su desagrado no se le note. Está prohibidísimo fumar en los interiores. ¿No saltan las alarmas antiincendio? ¿Y el ejemplo a dar de respeto a las normas?

La ministra apura el pitillo, le echa una bocanada blanca a la cara y le pide por fin el informe. El aprendiz se olvida del tabaco y entrega la carpeta con gesto muy serio. Sabe que el material es sensible, que la información que porta conllevará grandes y graves decisiones.

Ella abre el dosier y mira por encima la primera página, que pronto pasa. Y la siguiente, y la siguiente. No parece encontrar lo que busca, de modo que cierra la carpeta, enciende otro cigarro y pregunta directamente por el resultado de la encuesta. El aprendiz, pese a no comprender por qué la ministra no lee el material completo, no duda, porque se sabe de memoria los siete folios, de los que comienza a dar cuenta. Pero ella le exige que acorte. No le interesan los prolegómenos. Que qué dice la encuesta, el resultado. Y él suspira antes de lanzar la bomba: el rechazo ciudadano supera el 85%. Sólo un 5% apoya las medidas. El resto duda, aunque sin simpatía por el equipo ministerial.

La ministra le devuelve la carpeta cerrada y decide pronto. Se anulan todas las medidas. Hay que detener la operación. Pero cómo, balbucea el aprendiz. ¿Y los contagiados? ¿Y los protocolos? ¿Y la contención de la enfermedad? ¿No vamos a empezar a movilizar a todos los medios para que comiencen la campaña de sensibilización? Están los actores listos, los sets preparados, los cauces han sido engrasados con la última partida del presupuesto… Se ha concedido incluso una nueva licencia para fabricar mascarillas.

La ministra lo mira alzando una ceja. Y le suelta algo de lo que el aprendiz tardará en rehacerse más que del humo del cigarro. Pero hombre, parece mentira que seas hijo de quien eres. Nosotros jamás damos una orden que sabemos de antemano que se va a desobedecer. No podemos permitirnos la sensación de desobediencia. Hacemos como que les mandamos, pero son ellos quienes obedecen, por sí solos. Y si en algún momento se empiezan a rebelar, de inmediato retiramos las medidas para que parezca que seguimos teniendo autoridad. Pero la única autoridad, el único poder que tenemos, es que, por miedo, obedezcan, sin pensar, dejándose hacer todo lo que les hacemos.

El aprendiz abre la boca para hablar, pero no sabe qué decir. La ministra le hace un gesto de despedida. Le ordena detener todo. Y lo ve salir por la puerta, consciente de que el muchacho, pese a ser hijo de quien es, no se entera de nada. Ni siquiera ha distinguido que la situación es pura ficción, pura creación. Será buen segundo, jamás intentará quitarla de en medio, como ella hizo con su padre… Lo propondrá para ascenso. Y la buena mujer, soportando el dolor de cabeza fruto de lo de anoche, llama a la asistente y pide otro zumo de tomate contra la resaca. Lo que hay que hacer para mantenerse en el puesto.


Publicado

en

por

Etiquetas: