Eficacia

Andurreando por Salamanca, esa ciudad nacida de la piedra y el libro, suelo dar con buenas reflexiones. Puede ser, quién sabe, que la calidad de los pensamientos se encuentre relacionada con la del paseo que acompaña a ese darle vueltas al coco. Imagino que sí, que el andar que resulta agradable, sosegado, y que además cuenta con cierta dosis de belleza, ayuda a ventilar los vaivenes mentales, de modo que el fruto de todo eso es una idea aseada y de interés.

Como digo, paseando por Salamanca me crucé con un par de jóvenes que estaba con esto que llaman parkour, y que consiste en salvar obstáculos y en dar saltos y cabriolas aprovechando los elementos disponibles del entorno: escaleras, bancos, setos, columnas… En el paseo de Carmelitas. Uno grababa y el otro cubría un circuito que repetía insistentemente con la pretensión de ir cada vez más rápido. Yo pasaba camino a la plaza; toreaban Morante, Ismael Martín y Julio Norte, a la hora en que el Atleti soltaba los perros de presa y Mourinho se vio incapaz de continuar con la simulación de ser un tío normal y sereno.

No me refiero a la utilidad del parkour, sino a la pericia que demostraba el muchacho que lo practicaba. ¿Cuántas horas, pensé, se habrá tirado este mozo pegando saltos y ensayando? Me pareció milagroso que estuviese entero, que mantuviese la dentadura, porque por mucho menos de lo que él arriesgaba se acaba en urgencias con roturas hasta en el DNI. Pero ahí lo tenías: ágil, preciso en sus movimientos… eficaz.

Pensé en la eficacia mientras los dejaba atrás y me dirigía a la Glorieta. La eficacia viene de saber lo que se hace, de haberlo hecho muchísimas veces, de tener muy claro el objetivo de cada acción. Trabajo en la televisión, un medio que se encuentra lejos de la eficacia. El trabajo en cadena aleja de la eficacia: es difícil que todos los integrantes de ese proceso colectivo actúen con presteza. Es un medio lento, aunque parezca lo contrario: en lo tocante a la lentitud de sus tareas internas, al trabajo desmesurado y absurdo que exige cada minuto final de televisión. Frente a ello, la eficacia de la palabra escrita, del medio escrito, y también, aunque en menor medida, de la radio.

Envidié al joven del parkour: si yo pudiese deshacerme de los obstáculos que encuentro en el desempeño normal de mis labores, como de los bancos de piedra. Si yo consiguiese no accidentarme en cada uno de los pasos que hay que dar de liana en liana… Y entonces me di cuenta de que ese muchacho y yo no nos diferenciábamos tanto. Él había alcanzado la eficacia en sus movimientos del mismo modo que yo hago parkour televisivo, pegando tirabuzones en el aire, impulsándome de un lado a otro, intentando no tropezar con éste, con aquél, con el de más allá… Y sin que se note.

A la eficacia no se llega de un día para otro. Hay que caerse mucho, perder dientes, echar cicatrices, lastimarse de veras, levantarse una y otra vez, para alcanzar esa armonía, esa naturalidad, ese manejo eficaz. El parkour no sirve para nada, opino. La tele, tampoco. O apenas. O está lejos de ser bien utilizada. Pero bueno, acabó la columna, desarrollé el tema y encima colé lo de Mourinho, así como el que no quiere la cosa. Con eficacia.


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