El otro día hablaba con una amiga acerca de los viajes. Ella se fuga a una playa cada vez que puede. Siempre la misma, una que se encuentra en un pueblo de costa que extrañamente aún no se ha masificado y que no padece las hordas veraniegas. Va incluso en invierno. En esta mujer se intuye algo de sirena, como si su supervivencia dependiese de la cercanía al mar.
Pero me decía, para mi sorpresa, que ya no se ve viviendo en ese lugar, como hasta hace poco proyectaba. Por lo que sea, no se ve todo el tiempo allí, en ese paraíso de arena, sosiego, ocio, sal y espumas.
Es difícil habitar el Edén. Porque, por mucho que uno lo diseñe a su gusto, existe algo que nos acompaña y que no solemos tener en cuenta: nosotros mismos. Y resulta que se larga uno al confín más exótico y agradable y hasta allí lo acompaña la cabeza, con sus neuras, sus aversiones, sus malos recuerdos, sus tendencias contraproducentes.
Y luego está la paradoja. Muchos días, cuando me encuentro lejos de casa, echo de menos no disponer de un rato en mi biblioteca, a la que imagino sola, callada, esperándome, con todos estos libros mirándose entre sí y aguardando que yo vuelva para ofrecerse de capote y tentarme con su compañía. Sin embargo, por el contrario, otras veces estoy aquí y casi me olvido de que en este cuarto se halla todo, y a lo mejor se me pasa la tarde con cuatro tontadas, desaprovechando el que se supone que he elegido como sitio perfecto.
No recuerdo quién decía que se había puesto un estudio en casa que le había costado un pastizal pero que allí no podía escribir, acostumbrado como estaba a hacerlo en lugares ruidosos e incómodos, y que al final acababa yéndose al bar para poder seguir dándole a la tinta o a la tecla.
Quizá lo que pasa es que estamos hechos para aspirar al Edén, para buscarlo, para pugnar por él, incluso para sufrir tras su consecución, pero no para disfrutarlo.
Igual que a mi amiga le ha entrado el vértigo cuando se ha visto viviendo en su postal idílica, lo mismo me voy yo como Stevenson a Samoa y a los tres días estoy de vuelta, porque lo considero insufrible.
Da cosa pensar que París ya no sea tan París. O que Roma o Nueva York o Cádiz no sean capaces de colmarnos. Las calles de Madrid por las que se pasea junto a Galdós, Baroja, Umbral o el hombrecito joven que uno fue, esas calles ya no existen. ¿Dónde está entonces lo que pretendemos, lo que ha de bastarnos, el escenario ideal sobre el que desplegar la obra de nuestra vida?
Al final, quién sabe, el Paraíso puede no ser un lugar, sino alguien. «Allá donde fuera ella, estaba el Edén», concluye Mark Twain que Adán pensaba respecto a Eva. A lo mejor ahí está la clave de esto, sin tanto lío.