Don Manuel

Como bien sabe Paquito Ruiz, apoderado de Tomás Angulo, a mí me gusta más recordar el 4 de julio que el 29 de agosto. Adaptando el mito: me tira más la Navidad manoletista, el día de su nacimiento, que el de su muerte.

Si pudiésemos viajar en el tiempo, ¿adónde iríamos? Esa pregunta surgió en una tertulia hace unos meses, creo que en Los Gabrieles, y Angulo lo tuvo claro y me dijo: «Yo estoy seguro de que tú te irías a ver a torear a Manolete». En toda la yema, matador.

No sé qué remueve en mí don Manuel Laureano Rodríguez Sánchez. No lo sé. Lo ha hecho desde mi niñez, quizá por la infancia cordobesa. Pero no es algo racional ni a lo que haya podido encontrar explicación. El sentimiento de misterio profundo que me evoca entronca con voces internas muy antiguas, con escenas de unos años primerísimos en las que supongo que cada imagen es fruto de la fantasía más que del recuerdo; o directamente este hecho emana de la sangre, de un llamado arcaico, del laberinto que uno es y que no acaba de conocer nunca.

Lo que sí sé es que lo que siento por la figura del Monstruo –no le convencía a él lo de Manolete, parece ser, y sí este otro apelativo que le puso Ricardo García, K-Hito, cronista y emperador de la historieta española– sólo lo he sentido de modo similar, en vivo, diríamos, con José Tomás.

A lo mejor fumo porque fumaba Manolete, como le pasó a Chenel. He estado en Fuentelencina, Guadalajara, y pasando por una calle una mañana de frío, a pocos metros de los azulejos dedicados a él y al también eterno Fandiño, distinguí el balcón al que se asoma don Manuel en fotos, en pijama, en uno de sus retiros con Lupe Sino. He estado, en fin, muchas veces en el cementerio de la Salud de Córdoba, junto a la tumba del Monstruo, echando humo, fumando silencios. No se puede ser más elegante, tener más categoría, no le puede quedar mejor a nadie una chaqueta –para superar a Cary Grant… como éste mismo reconoció fascinado–. He estado en La Casa de Manolete, ahora restaurante de importancia y que sirve un rabo de toro auténtico que quita el sentido: pero es que fue su casa, la que compró, la que había sido de Ortega y Gasset. En el salón principal, un impresionante retrato del artista Fernando García Herrera muestra a Manolete en Linares, crepuscular y al borde del gran salto hacia la posteridad. Y en esa mirada están todos los finales reunidos. Se parecen todos.

Ya, pero, ¿qué quieres decir hoy?

Pues nada. No me vas a pedir coherencia cuando hablo del Monstruo. Bastante tengo con que se entienda la columna y con no dejar las frases a medias. ¿Cómo va a caber Manolete en tan pocas palabras?

Manolete es un Cristo torero al que sólo se le olvidó resucitar. Así que, como diría él en una frase muy suya y muy cordobesa: vayan ustedes con Dios. Mañana, más. Cerrado por Manolete. Cerrado por don Manuel.


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