Dime, Cuéntame

Si pudiésemos saltar atrás en el tiempo para conocer cuándo comenzaron los caminos que nos han traído hasta el presente… No siempre es posible. Porque se enmarañan los senderos, olvidamos los cruces donde nos debatimos acerca de qué dirección tomar o caen en el olvido las decisiones que nos movieron a escoger un lado, o a cierta persona y no a otra. A veces, quizá más de las que creemos, sencillamente quedan ocultos los juegos del azar mediante los cuales nuestra vida avanzó, si es que avanzamos.

Todo esto viene a colación de que acabo de amanecer hojeando Dime, Cuéntame, el quinto tomo de la colección Dime, de la editorial Argos, que es el dedicado a la literatura. Hablo de una enciclopedia para jóvenes de los años setenta sobre la que uno echó los dientes. Parece ser que estos libros fueron muy conocidos y que ahora, por internet, la gente los recuerda con nostalgia, un poco como me ha pasado esta mañana, con el primer café y aún en penumbra. Pero para mí estos tomos enciclopédicos no pertenecen a una memoria general o compartida. Al contrario, suponen algo íntimo: nunca conocí a nadie que los tuviera, tan sólo los vi en la biblioteca y sin que fueran solicitados. Constituían, en fin, una especie de secreto, una ventana a un territorio que sólo uno visitaba. Estaban en casa porque los había comprado mi abuelo. Con los años, mi abuela insistió, no sé si recordando o instituyendo ella misma un recuerdo familiar, que él había dejado dicho que los libros me los echaran a mí al pico. Sabrá Dios.

Llevaba años sin leer este tomo en cuestión, el de la literatura. Todavía mantienen el olor las páginas, un olor que me convierte otra vez en un crío de muy pocos años asomado a un balcón bajo el que desfilan todos: desde Sófocles hasta Montaigne; desde Andersen hasta Bradbury. Ya están ahí Virgilio, Salgari, Beckett… He vuelto a ver las ilustraciones, que creí gastadas de tanto mirarlas –y, sin embargo, ahí siguen, y los que andan más bien gastados son mis ojos–. Permanece en su misma página esa Eva pelirroja y recién tomada por el pudor que acompaña al apartado de John Milton y con la que tantas veces planeamos nuestra fuga hacia el Edén. He contemplado otra vez al diablo cojuelo de Vélez de Guevara sobrevolando los tejados de Madrid. Y no se han movido los coches que, después de décadas, continúan atrapados en el atasco provocado por Cortázar.

Yo tenía muy poca edad cuando empecé a leer estos libros. Tan poca, que si la dijera ni se me creería por pensar que estoy exagerando o equivocado o mintiendo. Pero he comprendido, mientras me regodeaba en el olor de sus páginas y en el saludo a los autores y los personajes que aparecen en ellas, que reencontraba a unos viejos amigos. Y he sabido, como decía la columna al principio, que este libro, concretamente éste, fue el inicio de un sendero que, con mayor o menor fortuna, he recorrido o llevo recorriendo toda mi vida: el de lo escrito, el de contar historias, el de abrir las páginas y cerrar el mundo, el de marcharse al folio para comprender la vida.

No sé si mi abuelo, bendito sea, sabía dónde metía a su nieto cuando le endosó esta colección, cuando le enseñó las primeras letras, cuando, dejando su historia inacabada, se fue tan pronto.


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