Hablan los mayores en torno al café de la sobremesa. Son las gentes de la familia, algunos de ellos retornados desde lejos para pasar unos días, y a esto se suman también ciertos vecinos. Hablan sobre todo ellas, las señoras de más edad. Se cuentan sus vidas actuales, recuerdan las pasadas, charlan sobre algunos que ya no están y también afilan la lengua contra éste o aquélla, y tal y cual. El crío, ahí en un rincón, va sorbiendo el chocolate caliente, removiendo con la cuchara la capa que se va formando en la superficie. No habla, no interviene en absoluto, pero escucha, los mira a la cara, observa cada gesto y rumia ciertas contestaciones que él daría si estuviese participando en la conversación. Se siente muy a gusto así, como una presencia invisible en la que nadie repara, porque a los niños, en cuanto se les ha dicho lo grandes que están desde la última vez que se los vio y se les ha preguntado por cómo van las notas en el cole, se los olvida y nada más. Como mucho, que se junten entre ellos sin armar demasiado ruido.
Pero al crío que fui lo que le gustaba era escuchar, y cuanto más discretamente, mejor. Luego, conforme creces, tu presencia se hace más grave y los mayores se ven determinados por ella, así que se disuelve esa observación pura que podías hacer cuando eras chico. Algún día acabas estudiando física y entendiendo que el observador afecta a lo observado. Y adiós a ese sueño de ser un narrador invisible entre los demás. Al principio consideras que sólo mirando sin que te vean mirar es como puedes conocer a los personajes. Te obsesionas con la imagen del diablo cojuelo de Guevara, y te vuelves un mirón, un mirón disimulado que desea captar para luego llevar todo eso al relato.
Sin embargo, frente a esa decepción inicial que te causa saber que no es posible ver sin ser visto y que tu presencia afecta a cómo se comportan y a qué dicen los demás, aparece una comprensión posterior: uno no es un narrador translúcido que espía a los demás para parasitar sus vidas y pretender con ellas la literatura. Más bien, eres un corresponsal de ti mismo en la vida. Un enviado especial a la calle, al bar, al trabajo, a la plaza, al camino, al hall del hotel, pero no para pasar desapercibido, sino todo lo contrario: para relacionarte con los demás. No vas para recoger datos científicos. Vas para pulsar la vida, y para eso claro que hay que inmiscuirse.
Así, lo que antes tomaba como una desventaja imposible de salvar, ahora lo veo como la única manera que posibilita la escritura: vivir junto a los demás, ser uno más, observar desde dentro. Cuanta más relación, más vida. Y por tanto, mejor observación obtienes y más profundo te adentras en la mina literaria para extraer gemas.
Pero todo sigue su tiempo natural. No tengo que convencer al niño que fui de que se meta impertinente en la conversación de los mayores. Estuvo muy bien así, con él creyendo las cosas que creía, que eran las propias de su edad y las que necesitaba creer para seguir el camino hacia el día presente. Del mismo modo, tampoco mi yo anciano viene a indicarme en qué errores me hallo ahora ni cuál será la siguiente vuelta del camino. Mejor. No hay que anticipar tanto. La literatura no consiste en ocultarse para ver, sino en vivir para tener qué contar. Vivir para contar: el Gabo lo sabía.