Córdoba 1925. Así se titula finalmente la novela que escribí el pasado invierno y que verá la luz en Ediciones Evohé dentro de tres o cuatro meses. Estando ya acabada, el título provisional de El alma herida de Córdoba dejó paso a ese otro, de más nervio, más periodístico y, me parece, que más adecuado con el contenido y con el estilo Art Decó de la historia. Javier Baonza, el editor, no tuvo dudas al respecto, y su olfato es certero.
Por el nombre, es obvio dónde y cuándo transcurre la novela, mi primer trabajo serio en el género histórico, más allá de los juegos de viaje en el tiempo que disfruté en Alejandría. Antes de escribir esta obra pasé muchos meses leyendo la prensa local de la época. Documentándome. Viviendo en la Córdoba de 1925.
Por eso, ahora que paseo en este 2026, no puedo evitar que la vista me traicione y me mezcle los años. Ayer paseaba por la calle Gondomar, ahora cuajada de tiendas de ropa, y allí vi al Guerra sentado en su club, pontificando –en el Club Guerrita no se hablaba ni de política ni de religión–. Lo saludé. Me preguntó por Juan del Valle, el protagonista de la novela. Hablamos el Guerra y yo además sobre cómo está la cosa ahora. La ve regular él, el Segundo Califa.
Me encontré en las Tendillas, mirando hacia Gondomar, con la estatua del Gran Capitán, del escultor Mateo Inurria, que tanta importancia tiene en Córdoba 1925 como eje estructural. Yo sigo viendo a Lagartijo el Grande en la cabeza de la estatua, del mismo modo que en mitad de la plaza veo el Hotel Suizo, derruido precisamente para acometer las obras de modernización de aquella Córdoba. Inurria, de nuevo, no quiso confirmar ni desmentir que el rostro pertenece a Rafael Molina, Lagartijo.
Saludé a José Cruz Conde. Y a Miguel Primo de Rivera. Y a Julio Romero de Torres, al que me extrañó ver de día. Todos ellos participan como personajes de pleno derecho en la narración, porque así lo dispusieron, mezclándose con otros seres sin notoriedad histórica, tal y como nos enseñaron a hacer Dumas y Galdós.
Departí con don Antonio Schlatter, sacerdote de 2026, sin que él supiera que también se me coló en 1925 y que tanto bien intentó hacer al pobre Juan del Valle en medio de sus tribulaciones. Crucé unas palabras con Rogelio Luque, el librero que fundó en 1919 su mítica Librería Luque, afortunadamente abierta todavía. Me comentó el librero las novedades editoriales de la actualidad y se mostró bastante apesadumbrado al respecto. Le rogué paciencia, al menos hasta que hacia finales de verano Ediciones Evohé lance Córdoba 1925. Don Rogelio, sea usted paciente, hombre, que ya verá cómo este libro sí le convence.
El pasado es una ficción. La historia como disciplina es un relato. Pero es que la ficción también se entremezcla con la realidad y la condiciona, la hace variar, la seduce. Dumas dijo que alteraba la historia, que la violaba, pero que le hacía hermosos hijos. Yo he procurado ser fiel a un tiempo, a un espíritu, a una época que quiso soñar con la esperanza de algo mejor. Como Juan del Valle, a quien también vi. Pero yo conozco sus intimidades, sé qué ocurrió con él, y por eso me estremezco cuando me lo encuentro, en esta Córdoba actual, perdido entre la literatura y la vida. Y no le cuento cómo acaba lo suyo, por no hacerle espóiler. Y porque me duele mucho.