Cazadores de belleza

Anoche se habló de arte en la tertulia. No contamos entre nuestros senadores de barrio con ningún marchante, con ningún experto en arte, con catedrático alguno en pintura. Sin embargo, todos los presentes exhibieron ideas al respecto. A quién no le alcanza la belleza. Todos respondemos de un modo u otro al hecho de la creación. Con independencia de lo que la dio de sí la discusión, en la que aparecieron Velázquez, Goya, Chillida o Antonio López, quedémonos con ese concepto: el humano reacciona a la belleza. La labor del poeta, la del observador, pasa por unas cuantas encomiendas. No son demasiadas, pero sí muy profundas. A saber: la reflexión sobre la condición humana, la consideración del paso del tiempo, asomarse a los abismos de la vida y de la muerte –laderas complementarias de la misma cima– y, a lo que vamos, la detección de lo bello.

No es posible vivir en ese mundo, en este en concreto, sin contar con un sensor que identifique a la belleza, que sepa encontrarla en medio de lo cotidiano. Es claro, que diría Bioy Casares, que alguien que acude al Museo del Prado se halla predispuesto a una experiencia estética. Pero es en el día a día, en medio del barullo, del caos, del arrastre de las cadenas de las horas o inmersos en el sopor, cuando más necesaria se hace la pericia para saber ver la belleza.

El olor del césped recién cortado en el parque, esta mañana, mientras un viento fresco aconsejaba algo más de abrigo y la jornada mostraba ante sí la limpieza del folio en blanco. Asomarse a la ventana y contemplar a la niña zambullirse en sus quince años junto a la pandilla propia de la edad, sabiéndose uno, desde la altura, el guardián entre el centeno de esa generación. El silencio que nos protege de la turba de noticias artificiales para que perdamos el norte y la atención a lo nuestro –no tengo ni idea de qué ha sido lo del papa en Madrid o de por dónde andan los titulares sobre la corrupción continua de los políticos–. La biblioteca exigiendo a gritos una reordenación, una vez que han finalizado las obras y parece ser que ningún ejemplar se ha perdido, cosa que yo creo que percibiría, pues se produciría una perturbación en la Fuerza. Permanecer con la mirada en la imagen captada magistralmente por Botán del momento en el que el toro voltea vertical a Víctor Hernández,antes de que éste alzara un monumento a la torería. En este caso, la belleza no está en la posible tragedia, lógicamente, sino en el rostro en el tendido de Juan Salazar, que baja dolido la cabeza y encarna el concepto de empatía: alguien que reacciona así forzosamente ha de ser un hombre recto, ético, un buen hombre. Júpiter y Venus simulando un idilio nocturno, como si estuviesen dándose al noviazgo de final de primavera. El señor de la mesa de al lado leyendo poemas de Isidore Ducasse y con el que acabamos charlando.

Somos cazadores de belleza. Nos asiste el propósito de encontrar lo bello, reconocerlo, admirarlo, poseerlo estéticamente y llevárselo puesto en el alma, recargada así para enfrentar el resto de cosas. Que no se nos queden pepitas de oro en el fondo del río. Daremos por bueno embarrarnos hasta las cejas si, a cambio, entresacamos del fango una pieza rutilante. Y es que cada instante de belleza, por insignificante que parezca, puede ser el que nos salve.


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