Caracoles

Aunque sepa los caminos, cuánto me cuesta siempre dar con Córdoba, donde nací dos veces. No sé por qué me extravío, ni por qué las vueltas de los senderos acaban enredándose, pero cuánto me cuesta, cuánto nos cuesta, a Córdoba y a mí, encontrarnos.

Ayer lo hice. Lo hicimos. La ciudad y yo. Eché a andar oliendo el calor de mayo. Sé cuál es. Ese calor que aconseja quitarse del medio durante las horas centrales del día, que son todas, y que no remite hasta entrada la noche. Aún no aprieta tanto. Los treinta y pocos no son cuarenta y muchos. Habrán de llegar jornadas en las que, de diez a diez, de sol a sol, nadie en su juicio andurrea por la calle. «A esto no se acostumbra nunca uno, maestro», me dijo un taxista en 2003, el año más tórrido que he conocido.

Esta mañana desperté, como suelo, sin saber dónde estoy. Pasa cuando viajas frecuentemente. También he de recordar el mes y hasta el día, y las tareas que me esperan además de la escritura. Me fui a la calle temprano, sin estar escrito. Aún se disfrutaba un fresco matinal agradable, que dan ganas de acumular para luego ir administrándolo durante el tramo peor. Los publicistas del calor extremo no pueden convencer a un cordobés de nada, por mucha tinta roja que gasten en sus mapas, porque a Noé no se le puede hablar de lluvia.

No estaba escrito, digo, pero sí lo estaba. Porque ya tenía el tema en la cabeza. Desde ayer. Y eso que durante mi paseo me han ido asaltando más columnas. En las Tendillas he disfrutado de una magnífica charla con don Antonio Schlatter, un lujo, un sacerdote, un amigo. Y he vuelto a saludar a la estatua del Gran Capitán, en la que yo sigo viendo la cabeza de Lagartijo el Grande, se pongan o no de acuerdo los estudiosos. Y he visto a un señor mayor echar la lotería y salir soñando con una fortuna venidera, reconociendo en él al abuelo cordobés que llevo contemplando desde niño y al que supongo que voy tendiendo: habanera, sombrero, bolsillos llenos de papeles, maneras tranquilas, andar pausado, manos atrás…

Pero yo ya estaba escrito, digo, porque anoche, antes de retirarme a dormir el sueño de los cansados, di un vistazo a la explanada de enfrente del hotel y reconocí el puesto de caracoles. ¿Cabrillas en salsa o chicos en caldo? Chicos, señora, de los de toda la vida. No sabe usted los años que llevo sin comer caracoles en Córdoba. No sabe lo feliz que me está haciendo…

No era muy amable la mujer, no entró al trapo de mi complicidad. Pero me puso el vaso de caracoles, con sus palillos, su cucharita, su cerveza. Y durante un rato, mientras los del puesto iban recogiendo –creo que me tomé los últimos de la noche–, el paladar me llevó otra vez al ritual del caracol. Familias enteras, amigos, novios, solitarios… Las terrazas se llenaban de gentes disfrutando de una gastronomía popular que no sé desde cuándo se practica. Limpios. Jugosos. Con el toque justo de picante. No se olvida cómo comerlos. Cómo meter el palillo para sacar al animal de la concha realizando el giro justo.

Dejé propina generosa. No sólo por los caracoles. Sino por haberme devuelto a los ochenta y noventa. Casi pago en pesetas. Y me retiré, sabiendo que volveré a por más y que la columna de hoy ya estaba hecha. Y esta mañana, lento, como debe ser, anduve al ritmo del caracol, tan sabroso, tan exquisito, tan sabio.


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