Te pareces a una niebla que apartase de uno las fuerzas. Cansancio, indolencia merecida, dulce rendición de la cabeza y el cuerpo.
Te recuerdo en la niñez, tras una jornada de piscina. Resultabas entonces invencible, y traías un sueño fuerte como un cíclope, que te atrapaba después de la ducha y que, si no andabas presto, te conducía a un dormir profundo, sin que ni siquiera te diese tiempo a cenar. Y uno desfallecía hacia las ensoñaciones del niño, que ya he olvidado, y que, quién sabe, a lo mejor consistían en seguir nadando, en reproducir la felicidad azul de la tarde despreocupada.
Pero el cansancio que ahora me ronda, tan intenso que parece originarse dentro, y no fuera, poco tiene que ver con aquel. Es un cansancio en el que predomina lo mental sobre lo físico. Y lo emocional. Mucho tiempo se ha acumulado sobre uno, en pugna con elementos de difícil comprensión. Que no se me olvide anotar, para otra columna, el tema de la eficacia en el trabajo. De la eficacia, en general.
Sin embargo, a tu modo, querido cansancio, eres un merecimiento, una medalla, un logro. Eres la señal de que uno venció a todas esas circunstancias que se confabulaban para detenernos. Y no se trata tanto de lo conseguido, del trabajo en sí, sino del hecho de haber superado las múltiples trampas que uno mismo se colocó, como cantos de sirenas llamando al boicot: el desaliento, el enfado, las distracciones o el temor a perder la paciencia con alguno de los muchos eslabones que conforman la cadena –algunos de ellos, deseosos de que eso ocurra para contar con una excusa que detuviese el proceso–.
Considera Sherlock Holmes que descansar no consiste en no hacer nada, sino en emplearse en actividades distintas a aquellas que te han agotado. Tiene razón el sabueso. Nada como venir cansado del mundo para ponerse ante la escritura y renovar fuerzas haciendo que dancen las ideas y las palabras. O para darse al paseo. O para preparar la hoguera de la tertulia de esta noche.
Para descansar, en fin, hay que estar cansado. Parece, a ratos, que estamos diseñados para cansarnos, para andar, quemar oxígeno, accionar todo el ejército muscular, laborar, darse a las tareas que a uno lo desintegran para, posteriormente, rehacerse y resurgir más resistente, mínimamente más sabio, en una mejor versión.
Haber acabado, y haberlo hecho bien, satisfecho de lo alcanzado, es una sensación que se parece a la paz. Cansancio, eres el regalo del que cortó la leña suficiente, del que trajo el venado a la cueva, del que amasó felizmente el pan de cada día. Eres la garantía de soñar bonito esta noche: quién sabe, puede que hasta con chapuzones infantiles.