Finales de los noventa del siglo pasado. Pagábamos en pesetas todavía. Sevilla. Acudí de visita a ver a una amiga que se había metido en una casa de okupas; no recuerdo dónde estaba situada exactamente. Yo transitaba mis años veinte, veintitrés, veinticuatro, más o menos, y ellos me parecieron jóvenes, luego debían de ser prácticamente adolescentes o mayores de edad por poco.
Mi amiga, que me conocía, me trató bien, como es lógico, pero sí noté en el comportamiento de los otros un desprecio hacia mí. Ellos eran los salvadores del mundo, rebeldes, en contra de todo; yo, un idiota vestido sin estridencias, sin colorines en el pelo ni tatuajes y que además llevaba tabaco de sobra. Ya trabajaba, tenía para Ducados. Hablaron de reciclar. Porque reciclaban. Y con ese verbo se referían a ir a las basuras a rebuscar para reutilizar lo que encontraran. Y me comentaron que el acto estrella de su rebeldía consistía en casarse con algún extranjero para que a éste le diesen los papeles. Esto lo hacían porque eran antisistema. Me preguntaron si yo no era antisistema. No logré hacerme entender: no había comunicación posible entre esas personas y yo, entendí después.
Hoy lo tendría muy fácil para satisfacer esa duda. Claro que soy un antisistema. ¿Habéis visto el sistema? ¿Se puede ser otra cosa? ¿Quién carajo no va a oponerse a un entramado que machaca a la propia población? Como dice Jiddu Krishnamurti, encontrarse cómodo en una sociedad enferma no es buena señal. Aquellos jóvenes sevillanos creían estar combatiendo al sistema precisamente colaborando con él, ayudando a que el propio sistema comenzase con el relato a favor de la inmigración, de cara a intensificar la esclavitud sobre los autóctonos. Llevo años sin ver a mi amiga, le perdí la pista. Ojalá se encuentre bien.
El antisistema de hace treinta años era una caricatura creada por el propio sistema. El de hoy suele ser alguien que se ha preocupado por conocer y que no acepta argumentos de autoridad, pues viene de vuelta y sabe que el discurso oficial miente sin excepción: en economía, en salud, en educación, en política, en religión, en todo.
Cada vez hay más antisistema. Cada vez más personas comprenden que estamos ante un engaño monumental y que nada de lo que ven es real, sino una pantomima para entretenerlos mientras los de arriba roban, arruinan y matan. Ahora andan quemando montes, como antes anduvieron abriendo presas en Valencia, o inoculando veneno vía intravenosa, o fumigando cielos, o mandando a los de siempre a sus guerras, o empobreciendo a todos con el euro…
Al antisistema se le suele preguntar por las alternativas que ofrece. Y suele haber un momento de resignación en el interlocutor en el que se afirma algo así como: «Pero alguien tiene que mandar» o «Los políticos son un mal necesario». Es entonces cuando yo pongo el símil del perro al que las garrapatas que parasitan han convencido de que ellas le son imprescindibles.
Estamos en ese punto: un tercio de la población es antisistema –generalmente, porque ha sufrido en sus carnes uno de los numerosos crímenes del poder–. Otro tercio vive colaborando con el propio crimen, por activa o por pasiva. Y el tercio restante está ahí, dudando, sin saber a qué atenerse, con miedo. Esa parte de la población pronto será antisistema también, aunque no lo sabe todavía. Y lo será porque, por desgracia, está al caer que le quemen la casa del pueblo, que le cierren el negocio por asfixia impositiva o que le violen a la nieta de un modo multicultural.
Los antisistema de hoy no habitamos casas circo esperando a que pase la adolescencia para que papá nos enchufe en el partido, un ministerio o su empresa. Uno siempre piensa en esos términos. Y siempre acierta.
Los antisistema actuales no somos pocos: somos los primeros. Vendrán más. Esperadlos, el crimen que los estremezca está al caer. A los de arriba, a los amos, sólo les queda ya la violencia, como estamos viendo. ¿Y cuánto tiempo se puede reinar sobre las bayonetas?