Almería

Cruzas Despeñaperros y el aire delata que has entrado en las jurisdicciones del olivar. Pero no continúas en dirección a Córdoba, sino que viras hacia el sur, rumbo a Granada, internándote en un paisaje jienense hecho de fortificaciones, poblaciones encaramadas a riscos, como si aspiraran a ser nubes, y valles que sorprenderán a quien sólo espere encontrar aquí el arcén de la A4. Jaén parece diseñada para perderse por sus carreteras secundarias en pos de toparte con aquello de lo que huyes.

Pero no hay tiempo, hay que seguir, y esos mismos valles se ensanchan, las alturas adquieren seriedad y la paleta de verdes te inspira unas repentinas ganas de detenerte –porque esto ya son tierras granadinas– para abandonarlo todo y dedicarte a cuidar del huerto entre frutales, una mujer que no esté tatuada y versos de Lorca.

No se puede, que espera Almería. No te detengas a contemplar ese techo del Veleta, en cuya ladera sorprende que queden retazos blancos. ¿Acaso eso es nieve que resistió el verano? No lo sé, no tengo tiempo para averiguarlo, porque la vista no descansa, de vaivén en vaivén, y ahora las lomas parecen modeladas por unos colegiales en la clase de trabajos manuales, aquello que antaño se llamaba pretecnología. Se extiende una aridez, pero también una pugna de la mano humana alzando bosques protectores, a la altura de Guadix.

La lucha la gana transitoriamente el desierto, en Tabernas, donde me detengo a darles fuego a Clint Eastwood y a Sancho Gracia. Por un puñado de euros, que cada vez valen menos, nos silba una melodía Ennio Morricone.

Plásticos, invernaderos, más trayecto. ¿No llegaré nunca? Sí. Al fin, como una recompensa, Almería, bajo su Alcazaba, negociando con el mar. Almería está tan lejos que parece más cerca de los fenicios y los vándalos que de nosotros.

Voy a los toros en el coso de la avenida de Vilches, saludo a la estatua de Relampaguito, me entretengo entrevistando a los toreros durante la larguísima merienda y contemplo los mantones de Manila que las almerienses dejan caer hermoseando los tendidos. Andurreo por el centro. Encuentro una librería donde todo está a tres euros. El dueño es un tipo entregado a lo suyo que cuida y ordena los estantes como un jardinero a sus plantas. Sabe dónde está cada libro. Parece un chino de los que se conocen al dedillo su gigantesca nave comercial.

Recorro el paseo marítimo buscando un rincón desde el que seguir con La Isla del Tesoro y mi libreta de notas, urdiendo el esqueleto de las andanzas de Antonio Blanco. En la playa nunca es festivo. Ni festivo, ni día de diario. Los habitantes de las arenas permanecen ajenos al tiempo, como si no hubiese más obligación que asumir el sol y la sal y la espuma, leer, tomar algo en el chiringuito y quedarse en silencio mirando a ese horizonte que, según horas, se confunde con el cielo. Un muelle abandonado mantiene prohibido el paso, pero las gaviotas han hecho de él su ciudad, y me parecen incomprensibles estas estructuras que resisten a las mareas, casi hechas por una civilización con la que no nos entendiésemos.

Almería está muy lejos, insiste mi voz interior. Pero entonces me doy cuenta de que está lejos para mí. Para estas personas está donde tiene que estar, donde ha estado siempre, y el lejano soy yo, que después de tantos tumbos ya no sé ni de dónde vengo. «La Coruña está muy lejos», soltó Rafael el Gallo. «Maestro, La Coruña está a la misma distancia de Sevilla que Sevilla de La Coruña». Y el Gallo sentenció: «Sevilla está en su sitio. Lo que está lejos es La Coruña». Pues aquí pasa lo mismo. Almería está donde tiene que estar. Lo que está lejos es la infancia, coño. Y todas aquellas ilusiones.


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