Los cielos lechosos rociados desde ayer con químicos vaticinan una subida inminente de temperaturas tras la cual comenzará la turra del calentamiento global, cambio climático o como le llamen esta temporada al nuevo intento de vender la moto. Es previsible que, para el domingo que viene, ya anden proclamando el verano más cálido de la historia y demás sandeces recurrentes. En ese sentido, nada ha cambiado.
Del mismo modo que hoy todo sigue el guión de siempre al esparcir urnas por Andalucía. Esas urnas son como las trampas para ratones. Les ponen el queso del engaño: estás decidiendo algo, es una responsabilidad y un deber participar, antes no se podía, si no nos votas gobiernan los otros, hay que elegir lo menos malo… En realidad, sabemos que nadie decide nada, que no cuentan los votos y que se trata de una simple ceremonia para hacerte partícipe luego de sus crímenes, legitimados al decir: «Es lo que habéis votado». O en el lado contrario: «Disfrutad lo votado». En ese sentido, nada ha cambiado.
Sin embargo, algo hay distinto. La semana pasada aún andaban con el intento de farsa sanitaria, pretendiendo instaurar el control biométrico y aterrorizar al personal con nuevas escenificaciones de la productora cinematográfica de la OMS –y esta metáfora quizá no lo sea tanto–. Pero la segunda temporada de la plandemia les ha durado una semana, a pesar del empeño puesto por los políticos actores –es decir: actores que son políticos–, a pesar de que una porción de la sociedad es irrecuperable para la razón y participaría de nuevo de cualquier atrocidad liberticida y asesina como la de 2020, y a pesar de las voces apocalípticas que aseguraban que faltaban horas o días para que intentaran que nos volviésemos a autosecuestrar en casa a aplaudir a las ocho a los héroes de la bata blanca que inoculan las sustancias de las vacuneras.
Sin embargo, no ha sido así. En ese sentido, algo ha cambiado. Anoche, en la tertulia, se debatió el asunto. Yo estaba cansado, venía de ver la buena confirmación de Manuel Diosleguarde y hasta que no acabe San Isidro no creo que tenga tiempo ni para cabrearme con lo de Hacienda. Pero acerté a aportar un argumento: cómo actúa el poder. Los políticos –contratados por los verdaderos poderosos– no pueden permitirse la sensación de desobediencia. Por eso lanzan sus normas garantizándose previamente que la manada va a obedecer. Si la gente empieza a cantearse, a desobedecer manifiestamente, hay que retirar la norma, o abortarla, para evitar que el ganado se dé cuenta de que no hay manera de obligarlo a nada si se niega en número suficiente. ¿Cuándo quitaron los bozales? Cuando hubo bastantes desobedientes dispuestos a introducir el puto trapo en el sistema digestivo, empezando por el final, de quien se atreviese a conminarlos a embozalarse. ¿Cuándo quitaron la mili en España? Cuando una generación casi entera se negó a seguir participando en el reclutamiento. ¿Cuándo dejarán de fingir que aquí hay democracia? Cuando vayamos a las urnas, sí, pero a reventarlas. ¿Cuándo dejarán de robarnos? ¿Cuándo dejarán de cometer todas las vilezas que cometen a diario contra nosotros? Cuando dejemos de someternos mansamente a cada una de ellas. Tenemos, en términos generales, lo que merecemos. Una población cobarde, cainita y analfabeta no puede rebelarse contra nada. Por eso nos quieren asustados, enfrentados e ignorantes.
Pero algo ha cambiado. Una parte de la gente, ya sabemos, es irrecuperable y se dejaría asesinar obediente, aplaudiendo a las ocho. Otra parte ya no traga. Y una tercera, aquí está el quid, pese a su desconocimiento de casi todo, ya intuye, al menos intuye, que no hay político distinto y que todo el tinglado es una mentira. Que nada es por nuestro bien, sino lo contrario. Eso ha cambiado. El porcentaje de desobedientes. ¿Es suficiente? Por ahora, no. De momento, ahí siguen: los cielos rociados con químicos, el teatro de las urnas y los impuestos.