Agosto

¿Qué quiere decir agosto, el mes que establece el imperio de Octavio sobre los días? Agosto es la joya decadente del verano, su corona. Agosto es que todos se hayan ido. Una ausencia. El cartel que anuncia que está cerrado por vacaciones, por hartazgo, por costumbre, por deserción.

En agosto nunca se está donde se está. La luz cegadora sobre la piedra de las piscinas y las arenas de la playa impide ver lo que se tiene delante. Y entonces el que huyó de la ciudad se sorprende dándole vueltas a cómo quedó sin él su calle, su barrio, su trabajo. Parece un muerto que no se acaba de explicar cómo han podido seguir viviendo los demás tras su marcha.

A la par, en la ciudad –al menos eso es lo que ocurría antaño, cuando había vacaciones porque había trabajo y sueldos medio decentes– se extendía una nada, un desierto de calles, negocios cerrados hasta nueva orden y cines dudosos sobre si estrenar algo para los pocos que acudían a las salas a refrescarse. El primer día de agosto se acababa el pan en Madrid, cuando los recién llegados de julio se juntaban con los que no se acababan de ir y las previsiones fallaban y se formaban largas colas para comprar una barra malísima, que hoy detestaríamos y a la que llamaban pistola.

En agosto nadie contesta. Agosto ya no es agosto, sino un calor prolongado a la espera de que alguien decrete el final de un verano que no parece llegar nunca. Pero el verano es la vida, y se acaba sin avisar, cuando las hojas encanecen en ocre y caen como los últimos granos del reloj del tiempo asignado.

Agosto, no obstante, no concibe la muerte sino como un abismo de noche corta y estrellada. Lloran los cielos las lágrimas de San Lorenzo, llora agosto por sí mismo y por la impresión de asomarse a un infinito, escuchando un programa de radio de testimonios hecho por becarios que sueñan con que nunca llegue la madurez y las hipotecas y las obligaciones.

Los amores de agosto duran para siempre, porque nacen ya con una semilla de eternidad. Dos que se besan en agosto se vuelven inseparables, y los amores siguientes se les echan encima como capas de olvido que no consiguen disolver la Troya que fue.

El octavo mes del año, el mes de Augusto, es el murmullo de los bañistas de la piscina. Es un bocadillo de jamón con un refresco que sabe a manjar de dioses, porque el Olimpo también ha quedado ocioso y hay barra libre para entender como sublime cualquier detalle por parte de la vida. Agosto ya no se quema, ya está moreno, y gimen de placer las carnes tostadas cuando la siesta se disfraza de noche y la noche simula sestear durante un rato.

Agosto es un señor de rodríguez pensando que vuelve a tener quince años, siempre al borde del ridículo por intentar aprobar un curso que debió superar hace décadas. Es una abuela vigilando a los nietos que se bañan en el pantano. Es una jovencita que empieza a actuar como la mujer que todavía no se cree. Es una vida eterna amparada en lo que no es, una eternidad budista, un no ser. Un absoluto placer, el regalo del año.


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