La tragedia es como el pan: si la dejas un tiempo ahí encima, se estropean sus cualidades iniciales, pierde esponjosidad, se convierte en algo grotesco. En comedia. Es lo que están intentando hacer en las noticias con un nuevo circo psicosanitario. No sé cuántos capítulos tiene la serie. Creo que los guionistas de la segunda temporada de Crisis Sanitaria la han ambientado en Canarias y han contado con un barco. Pero 2026 no es 2020. Lo que se vendió como tragedia luego se comprobó que no contenía de verdad más que las muertes de aquellos a los que, por diferentes vías, el sistema eliminó. En cuanto a las explicaciones y a los métodos empleados, la tragedia mutó a tragicomedia. Y ahora, a bufonada. 2026 no es 2020.
Aun así, reconozcamos que se notan las ganas. No ya de los criminales al mando, deseosos de engañar, humillar, avasallar y asesinar, tal y como hicieron hace seis años. No: más allá. Se notan las ganas del ganado. Las ganas de cierta parte de los esclavos. Disimulan escasamente algunos el deseo irrefrenable que los posee de volver a colocarse delante de la cámara del móvil, llamar a los compis de la chupipanda y marcarse una coreografía, todos con el mismo uniforme de bailar. Tiemblan de placer otros ante la idea de que se pueda retomar el tráfico de trapos para la boca, los bozales, lo que ellos llaman mascarillas, en otra orgía de despilfarro del dinero de todos para que se lo lleven los de siempre. Se estremecen algunos vecinos porque se les permite de nuevo fantasear con la idea de salir al balcón a ladrar su desquiciamiento mental o, en el summum, aplaudir a las ocho junto a sus compañeros de trastorno.
Suspiran los héroes de marzo de 2020 cuando piensan en la posibilidad de reverdecer laureles. Ahora andaban de huelga en huelga, un poco descolocados, porque nunca han entendido cuándo y cómo dejó de profesárseles una devoción bobalicona y comenzaron a ser señalados como ejecutores materiales de una matanza sin precedentes. Se frotan las manos los hacedores de ponzoñas intravenosas. Las policías de balcón. Los vendedores de noticias. Los charlatanes del Oeste con sus bálsamos. Los que odian la libertad, salivando cuando imaginan un nuevo secuestro en casa para el rebaño. Los políticos, ante el alivio de que la atención hacia su condición ladrona y corrupta pueda ser distraída. Los profetas del fin del mundo, que se levantan con más ganas de anunciar que esto se acaba que de ir al baño.
Pero 2026 no es 2020. Una porción de la sociedad ya no puede ser asustada por las mismas mentiras de los mismos canallas. La respuesta a los gritos de alarma diseñados para crear miedo en el ganado de cara a que éste, tomado por el terror, se deje degollar, ha consistido en bajarse el pantalón y mostrarles las posaderas. Un calvo, así se llamaba a eso en mi juventud. La pregunta es: ¿es suficiente esa porción de la sociedad sabedora de que todo cuanto dice el discurso oficial es mentira, y a la que hay que unir una parte dudosa pero que se suma siempre a lo que perciben como tendencia general?
2026 no es 2020. Pero aquí nunca se insistirá suficiente: la maldad gobierna el mundo mediante la imbecilidad colectiva. La vileza de los de arriba no la cuestionamos. La cosa es: ¿con cuánta imbecilidad cuentan? ¿Cuánta idiotez masiva queda para encender el motor de su máquina de asesinar? ¿Cuántos tontos quedan deseando aplaudir a las ocho? Y ahí, ojo, muchos dudamos: 2026 no es 2020, pero el número de desnortados quizá sea el mismo, por mucho que se haya vacunado durante este quinquenio.