1 de mayo

Se descansa el Día del Trabajo, tal y como cuadra a un mundo contradictorio, sostenido por la paradoja y el desacuerdo. Pero no interrumpen sus tareas por nuestro bien quienes firman los cielos y tampoco lo hacen los teclados, que hay que acariciar con suavidad en una mañana como ésta, en la que hasta Yoda presiente que se puede permitir un rato más en sus ensoñaciones perrunas. ¿Con qué soñará? Supongo que con Alaska, su novia, la perrita blanca y pizpireta, con la que andará planeando fugarse a París o a Roma.

El viernes inaugura mayo y lo hace con la duda de qué pasará hoy por el escaparate. De entrada, no me entusiasma que la columna se llene con las crónicas del mundo. Y eso que habría para no aburrirse: en Alemania ya han admitido que la guerra que se han inventado tiene como finalidad empeorar las condiciones de vida de la gente, del mismo modo que aquí en España acabarán reconociendo que todo cuanto han hecho desde hace décadas perseguía idéntico fin. La política nacional se halla plenamente ocupada por la corrupción, pues no otra cosa es: plena, pura y estricta corrupción. La sangre del sistema, la gasolina que acciona el motor del crimen de Estado –valga la redundancia– es la corrupción. O sea, que a los políticos se les permite robarnos a cambio de que obedezcan las órdenes de los de arriba y ejecuten contra nosotros cada plan criminal: desde atentar contra nuestra salud hasta forzarnos a la miseria o dinamitar la convivencia garantizando un ecosistema que eleve las tasas de criminalidad hasta dejar esto convertido en una selva.

Menos mal que es festivo y que la columna puede mirar hacia otro lado sin que nadie le recrimine no estar pendiente de lo que pasa.

Porque, ay, si la jornada fuera laborable entonces sí tendríamos que meternos en honduras y desmenuzar el modo en el que están provocando un marasmo económico mundial premeditado, bochornoso e injustificable. Pero hoy correrá la cerveza por las terrazas para quienes han resistido la tentación de salir huyendo de la ciudad durante el largo fin de semana, y así se podrá pasar un día más sin tener que hablar de los informativos. Se escuchan reproches dirigidos hacia quien se sienta a tomar el vino en vez de salir a quemar cada institución. Con la que está cayendo, y vosotros con la cervecita. Según esta teoría, el vermú estaría impidiendo que tomemos la Bastilla y proclamemos la república independiente de nuestra casa, con felpudos nuevos y sin que nos molesten los de la propaganda picando al telefonillo.

Pero lo cierto es que da igual cuántos vinos nos tomemos. La llave de la esclavitud, de la tiranía, de la dictadura hacia la que nos van conduciendo festivo a festivo se encuentra en el mismo cofre de siempre: la creación del dinero, el monopolio de la creación de dinero. Que nos privemos del aperitivo contribuye a solucionar ese problema lo mismo que cuando éramos pequeños nos decían que apurásemos la sopa pensando en los negritos de África, que no tenían para comer. Ahora ya no hay que cambiar de continente para comprobarlo: en vez de arreglar aquello, lo que han hecho es traerse aquí el conflicto. Desconozco a quién le pedirán ahora que rebañe el plato pensando en nosotros.

Pero continúa el 1 de mayo, y algunos tendrán que afanarse en la escenificación de la lucha obrera. Cada uno vive de lo que puede, dicen en el bar, y eso es comprensible. Sólo es de esperar que no monten demasiado jaleo con lo suyo. Que no molesten más de lo que ya lo hacen en silencio, nutriéndose de lo que los otros nos roban mediante los impuestos.

Da alivio –supongo que lo compartís como lectores– el hecho de que en un día de asueto no haya que tratar más que temas ligeritos, sin demasiada carga. Ojalá la cosa prosiga por estas vías de inconsciente beatitud. Y, bueno, luego queda el comodín con el que contaba desde antes de empezar: y es que, afortunadamente, yo trabajo hoy. Menos mal.


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