El otoño de regalos

El viento del otoño no deja que las hojas se depositen debajo del árbol del que caen. Como si se tratara de teletipos urgentes de noviembre, las hojas que fueron verdes salen zumbando hacia el otro extremo de las ciudades. ¿Qué mensaje portan? ¿Que recuerdos de la lejanísima primavera lleva consigo la hojarasca voladora? Colonizan los parques, convocan a los nefastos operarios que andan metiendo ruido con un artilugio que expulsa aire, van extendiendo las alfombras del Retiro.

Puede que el otoño constituya una especie de patria, ahora que hay tantas y que muchos buscan desgajarse de algo. Por fortuna, que yo sepa, no existen independentistas que ansíen que esta estación se desprenda del resto del año.

Es difícil negarse a la complacencia, cuando fuera ulula el desasosiego del viento pero uno no tiene que salir de casa. Cómo sopla. El teclado es el guante del domingo hogareño. Los titulares más urgentes no los componen las encuestas, sino los rompecabezas de la niña. Puedo escribir las líneas más plácidas esta tarde, ya que ni siquiera tememos que pierda el Atleti porque ya empató antes de ayer. Ya lo dijo el mismo Neruda recién parafraseado: tu belleza y tu pobreza llenaron el otoño de regalos.

Ésta es la dádiva del presente. El presente del presente. El regalo de este día. No hagamos por apresarlo. Es inútil. Dejemos que se nos caiga, como las hojas, y que el mismo viento que canta tras el cristal se lleve al atardecer tan lejos que lo podamos recordar. En estos momentos, pareciera que los años admirados por el Soneto XXV de Neruda condujeran a este instante, desembocaran aquí.