La belleza

De entre todos los titulares leídos esta mañana, uno se queda acompañándome el resto del día. En la contra de El Periódico: «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca». Lo dice Boni Ofogo, un señor camerunés que ejerce de narrador oral. Resulta tentadora la idea de pensar en la persona de avanzada edad como una sucesión de historias, como una hilera de estanterías donde los recuerdos son volúmenes que se agolpan, se distribuyen o se ordenan a su antojo. Porque, si eso es así, nosotros, los protoancianos, constituimos una gran biblioteca en ciernes con sus pasillos en construcción y muchos de esos tomos ya a la espera de ser leídos por generaciones futuras. Aunque, bien pensado, quizá el único lector de los recuerdos propios sea uno mismo.

El sábado pasado estuve en el castillo de Manzanares el Real, donde mi amiga María Peña organizaba un evento de artistas. En el patio de armas, un grupo de poetas declamaba sus versos mientras que un grupo musical aligeraba el aire con violines y guitarras y un par de pintores iban armando un lienzo hecho en cuatro trozos que después unieron. La tarde vino con lluvia y fue dejando paso a una noche fresca donde el otoño se sabía fuerte. Los artistas deben agradecer la lluvia, pues deja el ánimo más permeable a la belleza.

Al salir del castillo parecí guiarme por el olor de las chimeneas, que ya habían ido hilando sobre los paisajes sus telarañas de humos. Abajo, un pantano, unos colores que se apagaban, una humedad en el ambiente que estaba pidiendo a gritos una fogata y un buen libro. Dejé que la cabeza se me llenara con esos pájaros de ensoñación y, camino a casa, atravesando carreteras y con las últimas luces de la jornada, vi ganado pastando bajo la lluvia y a unos cuantos paseantes que habían salido a dar una caminata, a pesar del agua. Cuando llegué, lo hice de la mano de la noche, encontrando un aparcamiento en la misma puerta y un hogar caliente.

Cuento todo esto porque hoy lunes llueve de otro modo. Llueven otros titulares, llueven otras noticias con las que trabajamos para montar la jornada laboral, llueve lunes. Es habitual que el primer día de la semana tenga algo de irreal, como si costara ir arrancando o incorporándose a la vida cotidiana. Como cuando un antiguo conocido decía que no le gustaba viajar en avión porque el alma no podía seguir al cuerpo tan rápido y él notaba un cansancio extremo, se supone que hasta que el ánima se reencontraba con su carne. Y, sin embargo, hoy, al leer el titular de El Periódico, he comprendido que la tarde del sábado seguía vigente dentro de mí. Su hoguera todavía ardía. Son las ganas de contar una historia. El oficio que te reclama. Y la prueba de que las historias, las que más importan, pocas veces suponen actualidad inmediata. Por mucho que Irene Lozano, por mucho que el encuentro entre Rivera e Iglesias, por mucho que el lunes. Con estos mimbres, me encauzo hacia la semana, que rompe a crepitar bajo el titular «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca».

Si alguien pregunta un lunes qué se ha hecho el fin de semana, ¿aceptaría como respuesta: estuve viendo la belleza?

El azul Krahe

Ante la muerte de don Javier Krahe en julio de 2015, Juan Cruz tuvo a bien publicar estas líneas de un servidor en el diario El País:

«Javier Krahe, matrícula de honor en recreo, se marcha y nos deja el azul. Azul de sus ojos claros, donde uno veía reflejadas las aguas gaditanas en la alta mar de la madrugada. Es el azul del mar de los griegos Homero y Heráclito, de los que fue compañero, ejerciendo de poeta y de presocrático. Se ha ido de noche, como el que abandona la tertulia y el vino sin despedirse y busca del paseo redentor de vuelta a casa. En vez de volver al hogar, el poeta se ha encaminado hacia la aventura de la nada, a la caza de más sirenas, de más metáforas, de más nieblas que hilvanar.

Nos ha dejado el azul cristalino de sus versos, dignos del Siglo de Oro, bien contados, finos. A ratos, se pensaría que los fenicios inventaron el alfabeto, si es que fueron ellos, para que Krahe lo convirtiera en canción. “Y al mar, me dicta mi instinto, al mar, que es un laberinto”.

Hoy muchos lo descubrirán, acaso confundiéndolo con uno más de entre las estadísticas. Pero ha muerto un hombre vivo, a diferencia de quienes fenecen sin ánimo, sin ánima.

El Krahe se ha ido. Se ha ido escrito. Ha zarpado hacia la última singladura. Quedan viudos los fabricantes de puritos, los arcángeles de la noche, las novias, la poesía. Que el mar te sea leve. La muerte se ha vestido de azul Krahe».

El azul Krahe en El País

 

 

Breverías

breveriasEntiendo que es natural haber comenzado escribiendo poesía. No recuerdo desde cuándo; desde niño, desde adolescente, desde siempre. Viví con eso como algo normal; y repasando todos los versos escritos pues uno va viendo su propia biografía: ahí hubo un amor, ahí una tristeza, ahí una ilusión, una despedida, una pasión… Y, en todo momento, cambio. Pocas mutaciones resultan tan asombrosas como la que experimenta la manera de escribir de un poeta. Al cabo de más de veinte años, cuando me senté a recopilar lo que entendí que podría ser rescatable para este tomo de poemas y de cuentos, no me reconocí en casi ningún texto. Esto tuvo el inconveniente de obligarme a rechazar prácticamente todo, pero la ventaja de no incurrir en publicaciones de las que arrepentirse en el futuro. Aunque supongo que, en el fondo, toda publicación conduce a algún tipo de arrepentimiento.

En fin, aquí está todo lo hecho hasta aquel momento. Sí quiero destacar algo: después de este libro, la poesía que comencé a escribir experimentó un cambio aún más profundo. Pareció como si me hubiese quitado peso de encima y la escritura se me hubiera aligerado. Será la edad, quién sabe, pero desde entonces escribí pensando en el conjunto del poemario y no piezas sueltas, construyendo tomos completos bajo una misma temática. Y, de momento, es poesía que sigue macerándose. Quizá dentro de otros veinte años…