La Marsellesa

Viene siendo usual que el PSOE eche mano de la Iglesia para aventar el voto que se supone más a la izquierda en el espectro político. Lo cierto es que la cuestión religiosa en España se cerró a medias, como tantas otras cosas, llegando a un acuerdo de posibles y a la espera de que el tiempo y las leyes por dictar fuesen ordenando lo que se había compuesto como un apaño, como algo provisional. De hecho, la financiación de la Iglesia la acabó por apuntalar Felipe González. Antes, Adolfo Suárez dijo que estaba haciendo obra en la casa pero con la obligación de que siguiera habiendo agua, luz, habitaciones disponibles… Eso fue la transición, en mayúscula o no. Después, con los años, se sacralizaron muchos de esos acuerdos cogidos con pinzas y confeccionados para ser revisados. Unos dicen que eso ocurrió por la dificultad de la revisión; otros, que por interés de quienes disfrutaban de una posición privilegiada. Y en esas seguimos.

No es extraño, pues, que los socialistas se acuerden de la Iglesia y prometan atarla en corto si ganan las elecciones. Ocurre que si luego ganan todo suele seguir igual. Desconozco cómo andan las encuestas que llegan a Ferraz. Pero algo huele a urgencia cuando a los balcones de la sede del PSOE ha salido Pedro Sánchez a proclamar que si es presidente sacará a la asignatura de Religión del horario lectivo y que revisará el Concordato entre el Estado español y la Iglesia, obligando a ésta a los pagos en los que tiene bula. ¿Por qué hace esto Sánchez? Se vuelve a hablar de centro y se entona el cántico de que ganará las elecciones quien sepa conquistar los votos moderados. Pero quizá Sánchez sabe que eso no es cierto hoy como no lo fue nunca. Quizá sepa que en el centro está Ciudadanos y que es al votante de Podemos y al abstencionista, valga la redundancia, a quien debe convencer. O sea: mientras el centro le gana a la derecha, Sánchez quiere ganarse a la izquierda.

Se ha vestido de jacobino. Y esto ha sido tan literal que el socialista ha llegado a admitir que se mira en Francia como ejemplo de Estado laico. Suena la Marsellesa. Necesitará a los girondinos y a los jacobinos. Y a los sans-culottes. Me atrevería a decir: va a necesitar incluso a los socialistas, los que queden, y que puede que hayan perdido la costumbre de votar al PSOE.

Inspirado por su espíritu anarquista, Pío Baroja decía que en el enfrentamiento entre Iglesia y Estado estaba de parte del segundo, pero que en cuanto éste triunfara, también iría contra él. Sin llegar a tanto, Pedro Sánchez ha hablado de la separación entre Estado e Iglesia. Y esa simple declaración a muchos ya les suena a guillotina. No parece que la alarma llegue al río, al Sena, entendemos; tranquilos, los socialistas dicen esto todas las campañas. ¿Por qué esta vez iba a ser en serio? La vida sigue igual. Ah, París.

El vergonzoso en palacio

Paseo por el centro de Madrid en día de exaltación patria. Banderas de España, familias de militares. Las orillas de Atocha ven pasar un río de soldados. Me gustaría que Ramón Gómez de la Serna hubiese dejado dicho que un desfile es una marcha hacia una guerra inexistente, o algo así. Lo bueno de las greguerías es que todas parecen haber sido hechas por Ramón.

Cruzo Tirso de Molina, donde no han calado los fastos del Prado; en mi antiguo barrio, más bien parece que está ocurriendo un domingo de pueblo, y veo mucho chándal, gente haciendo mudanzas y niños que juegan a la guerra, como ensayando ya para convertirse en soldados y poder desfilar dentro de veinte años. Me asalta la duda de si se puede llamar Fiesta Nacional a un evento que no consigue traspasar del todo las calles principales.

Pero a los restaurantes de postín sí que llegan noticias y protagonistas desde palacio. El desfile hace de prólogo de lo verdaderamente importante: los corrillos aúlicos. A mí me sigue pareciendo que la reina Letizia desprende cierto aire de tristeza, aunque hay quien percibe en ella frustración, como si algo largamente proyectado le hubiese salido mal. Al rey se le intuye más preocupado, y ocupado, por la cuestión catalana que por los susurros cortesanos. Aunque, a qué engañarnos: los buenos palacios parecen diseñados para la voz baja, el amorío secreto y la efusividad entre cortinajes.

Y me quedo con la imagen de Albert Rivera desatando pasiones, hasta el punto de que precisa de un Dumas que lo retrate como una señorona que alboroza los corazones de los nobles, de los grandes empresarios y de los políticos ansiosos de pactos. Rivera podría ser una encarnación del cambio del mismo modo que Pablo Iglesias podría estar personificando la ausencia. Rivera llegó desnudo a los carteles. Iglesias, por perder, ha perdido la ropa y hasta el mismísimo cuerpo. La diferencia estriba en que al líder de Podemos se le decía hace poco que era el nuevo Felipe González y, por su parte, el líder de Ciudadanos opta por la evocación de Adolfo Suárez.

La crónica, en fin, la completan Rajoy, que asegura que va a volver a ganar y se marcha rápido a Nueva York, a seguir con el lío, y Pedro Sánchez, que según publican los papeles pretende junto a Mariano debates electorales a solas, sin Rivera ni Iglesias. Si esto fuese una comedia palatina, hoy no estaría claro quién es más vergonzoso en palacio.

Y después del lunes 12, martes y 13. Los calendarios no dejan de ponernos a prueba.

La extraña pareja

Alberto Garzón y Pablo Iglesias no compartirán cartel para las elecciones, con lo que, de entrada, me están cuestionando el título de la columna. Pero es que resulta irresistible imaginar a Iglesias con el piso desastrado, y con Íñigo Errejón, Kichi y Monedero por ahí en medio, jugando al póker y asaltando una dudosa nevera llena de propuestas que se les están echando a perder. A esta escena se suma Alberto Garzón, que viene de no atreverse a acabar con Izquierda Unida lanzándola por la ventana de un hotel, y sin saber si se ha divorciado del todo o no de Cayo Lara.

A Garzón le duele el cuello, porque ha mirado a la izquierda con demasiado ímpetu, e Iglesias le sugiere que se quede a vivir con él, que hay sitio para los dos y que desde ese hogar pueden ir enmendando a dúo los siglos de casta que lleva sufridos este país.

Pero Garzón mira hacia el futuro y ve una convivencia complicada: teme que los cabellos caídos de la coleta de Iglesias le dejen atascada la ducha, se barrunta que Iglesias llegará siempre a deshoras por ir a la televisión de tertulia en tertulia, y se horroriza pensando en una mañana de domingo pasada en casa, los dos en chándal en plan Nicolás Maduro.

Pero, más allá de la humorada, sobre todo, me temo que Garzón siente que Iglesias no es más que él. O que la estrella del otro se va apagando. O que Iglesias no parece dispuesto a consensuar, sino a dictar. Vamos, que cuando Pablo dice “Podemos”, el propio Garzón ha empezado a pensar: “No, no podéis”.

Así que Alberto masculla cualquier excusa, recupera el tono muscular del cuello mirando a su izquierda de siempre, se desliza hasta el ascensor y acaba la película antes de tiempo. Allá baja, mirándose en el espejo, sin saber cómo lo acogerán en su casa y quizá pensando que su barba le recuerda a la de Anguita…

Atrás quedan Iglesias, Errejón, Kichi y Monedero, que no sabe si quedarse a dormir o no, si está o no está, si es o no es. De haberse quedado Garzón, ¿cuál de ellos habría tenido que dejarle su cuarto y dormir en el sofá?

Que no, que no, que sostengo el título: Alberto Garzón y Pablo Iglesias, la extraña pareja. Sólo que, por lo visto, no van a ser pareja. ¿Quién se beneficia más de esta ruptura preventiva: Garzón, Iglesias… o Pedro Sánchez?

La voz a ti debida

Mariano Rajoy tiene una pesadilla recurrente: él es un general romano que se acerca triunfal a Roma, pero en su carro va José María Aznar susurrándole al oído: “Recuerda a Albert Rivera”. El presidente despierta sobresaltado cada mañana, antes del alba, se levanta rápido a consultar las portadas de los diarios y, como temía, el dinosaurio de sus peores sueños sigue ahí.

Y es que, por primera vez en décadas, al Partido Popular le ha salido un competidor real en sus campos de labranza. Al granero de votos conservadores se le puede haber abierto un boquete y por ahí quizá muchas voluntades se están yendo a Ciudadanos.

En un primer momento, Rajoy quitó importancia al asunto, dijo que los resultados de Cataluña no se podían traducir al resto de España y señaló que el rival seguía siendo el PSOE de Pedro Sánchez. Pero la voz de Aznar, desde lo más hondo del templo de las esencias, advirtió del peligro de deshilacharse por el centro-derecha. No se sabe a quién molesta más la voz del expresidente, pero desde luego quienes se han apresurado a responder han sido los de su propia grey (que no Brey). Hace unos meses, Aznar preguntó desafiante: “¿Aspira realmente el Partido Popular a ganar las elecciones?” La cuestión puede haber ido más allá. Parece que, como un profeta que llega de su retiro en el desierto, Aznar ya no pregunta si el PP aspira a ganar, sino sencillamente si puede hacerlo.

Ahora que por fin se le ha desprendido la fecha de las elecciones, Rajoy cruza el Rubicón y sabe que ya sólo quedan dos meses y medio para la batalla sobre Roma (no diremos Marcha sobre Roma, para no levantar suspicacias ni crear equívocas metáforas). Lo que no sé es si a la nómina de enemigos que podrían impedirle su segundo triunfo -el señalado Pedro Sánchez, el propio Albert Rivera, quién sabe si Pablo Iglesias…- el presidente también estará sumando el nombre de su prócer, José María Aznar. Rajoy sueña con un nuevo triunfo, sí, pero la suerte no parece estar echada y una voz resuena en su oído, día y noche, poniéndole en duda los soñados laureles. Y esa voz le insiste: “Recuerda a Albert Rivera”.