El otoño de regalos

El viento del otoño no deja que las hojas se depositen debajo del árbol del que caen. Como si se tratara de teletipos urgentes de noviembre, las hojas que fueron verdes salen zumbando hacia el otro extremo de las ciudades. ¿Qué mensaje portan? ¿Que recuerdos de la lejanísima primavera lleva consigo la hojarasca voladora? Colonizan los parques, convocan a los nefastos operarios que andan metiendo ruido con un artilugio que expulsa aire, van extendiendo las alfombras del Retiro.

Puede que el otoño constituya una especie de patria, ahora que hay tantas y que muchos buscan desgajarse de algo. Por fortuna, que yo sepa, no existen independentistas que ansíen que esta estación se desprenda del resto del año.

Es difícil negarse a la complacencia, cuando fuera ulula el desasosiego del viento pero uno no tiene que salir de casa. Cómo sopla. El teclado es el guante del domingo hogareño. Los titulares más urgentes no los componen las encuestas, sino los rompecabezas de la niña. Puedo escribir las líneas más plácidas esta tarde, ya que ni siquiera tememos que pierda el Atleti porque ya empató antes de ayer. Ya lo dijo el mismo Neruda recién parafraseado: tu belleza y tu pobreza llenaron el otoño de regalos.

Ésta es la dádiva del presente. El presente del presente. El regalo de este día. No hagamos por apresarlo. Es inútil. Dejemos que se nos caiga, como las hojas, y que el mismo viento que canta tras el cristal se lleve al atardecer tan lejos que lo podamos recordar. En estos momentos, pareciera que los años admirados por el Soneto XXV de Neruda condujeran a este instante, desembocaran aquí.

La belleza

De entre todos los titulares leídos esta mañana, uno se queda acompañándome el resto del día. En la contra de El Periódico: “Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca”. Lo dice Boni Ofogo, un señor camerunés que ejerce de narrador oral. Resulta tentadora la idea de pensar en la persona de avanzada edad como una sucesión de historias, como una hilera de estanterías donde los recuerdos son volúmenes que se agolpan, se distribuyen o se ordenan a su antojo. Porque, si eso es así, nosotros, los protoancianos, constituimos una gran biblioteca en ciernes con sus pasillos en construcción y muchos de esos tomos ya a la espera de ser leídos por generaciones futuras. Aunque, bien pensado, quizá el único lector de los recuerdos propios sea uno mismo.

El sábado pasado estuve en el castillo de Manzanares el Real, donde mi amiga María Peña organizaba un evento de artistas. En el patio de armas, un grupo de poetas declamaba sus versos mientras que un grupo musical aligeraba el aire con violines y guitarras y un par de pintores iban armando un lienzo hecho en cuatro trozos que después unieron. La tarde vino con lluvia y fue dejando paso a una noche fresca donde el otoño se sabía fuerte. Los artistas deben agradecer la lluvia, pues deja el ánimo más permeable a la belleza.

Al salir del castillo parecí guiarme por el olor de las chimeneas, que ya habían ido hilando sobre los paisajes sus telarañas de humos. Abajo, un pantano, unos colores que se apagaban, una humedad en el ambiente que estaba pidiendo a gritos una fogata y un buen libro. Dejé que la cabeza se me llenara con esos pájaros de ensoñación y, camino a casa, atravesando carreteras y con las últimas luces de la jornada, vi ganado pastando bajo la lluvia y a unos cuantos paseantes que habían salido a dar una caminata, a pesar del agua. Cuando llegué, lo hice de la mano de la noche, encontrando un aparcamiento en la misma puerta y un hogar caliente.

Cuento todo esto porque hoy lunes llueve de otro modo. Llueven otros titulares, llueven otras noticias con las que trabajamos para montar la jornada laboral, llueve lunes. Es habitual que el primer día de la semana tenga algo de irreal, como si costara ir arrancando o incorporándose a la vida cotidiana. Como cuando un antiguo conocido decía que no le gustaba viajar en avión porque el alma no podía seguir al cuerpo tan rápido y él notaba un cansancio extremo, se supone que hasta que el ánima se reencontraba con su carne. Y, sin embargo, hoy, al leer el titular de El Periódico, he comprendido que la tarde del sábado seguía vigente dentro de mí. Su hoguera todavía ardía. Son las ganas de contar una historia. El oficio que te reclama. Y la prueba de que las historias, las que más importan, pocas veces suponen actualidad inmediata. Por mucho que Irene Lozano, por mucho que el encuentro entre Rivera e Iglesias, por mucho que el lunes. Con estos mimbres, me encauzo hacia la semana, que rompe a crepitar bajo el titular “Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca”.

Si alguien pregunta un lunes qué se ha hecho el fin de semana, ¿aceptaría como respuesta: estuve viendo la belleza?