Las encuestas electorales son una cortina de lluvia

Noviembre nos ha pillado mirando hacia arriba. Miramos si llueve, si las nubes se van o vienen, miramos los cielos quizá siguiendo un instinto que se nos fue imprimiendo con el paso de los siglos. El miembro de la tribu que permanece en nosotros alza la vista para ver cómo vienen los dioses, los vientos y las encuestas. Las encuestas, sí. Porque estamos en días de muchos sondeos electorales. Esta mañana, antes de desayunar, ya me he encontrado con tres encuestas diferentes. Pones la radio y la encuesta salta desde el aparato y se te agarra al rostro como el Alien. Las tormentas han causado inundaciones en el sur. En Algeciras, en Tarifa. Pero lo que se está anegando es el país con tanta estimación de voto. Se han visto ciudadanos achicando encuestas, lanzando datos a cubetazos desde sus casas, arrojando gráficos a la calle: y las alcantarillas no dan abasto para recoger toda esa demoscópica riada. Se tiene la impresión de que cada medio publica la encuesta que desean sus lectores. Y aunque no fuera así, da igual: son cambiantes, según el día y la cabecera que los publique. Luego vendrán las urnas, dicen, que son la verdadera encuesta. Y eso, a pesar de que el nivel de confianza ha caído a niveles tan bajos que hay quien incluso sospecha que los votos en las urnas realmente no se cuentan. Como si siguiéramos en el siglo XIX.

En todo caso, sea artificio o no, lo que parece claro es que nadie va a conseguir la mayoría absoluta. Vamos a pactos. Al entendimiento. Y uno ve a los candidatos, a la clase, casta o profesión política, como le queramos llamar, y se pregunta: ¿con esos mimbres? ¿Esos señores están capacitados para entenderse entre ellos? Ojalá, por el bien de todos. Aunque más bien parecen diseñados para obedecer las órdenes de los verdaderos dirigentes. Y ésa sí que es la cuestión. Y sobre eso no nos ofrecen sondeos. Que sigue lloviendo, en fin.

La belleza

De entre todos los titulares leídos esta mañana, uno se queda acompañándome el resto del día. En la contra de El Periódico: “Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca”. Lo dice Boni Ofogo, un señor camerunés que ejerce de narrador oral. Resulta tentadora la idea de pensar en la persona de avanzada edad como una sucesión de historias, como una hilera de estanterías donde los recuerdos son volúmenes que se agolpan, se distribuyen o se ordenan a su antojo. Porque, si eso es así, nosotros, los protoancianos, constituimos una gran biblioteca en ciernes con sus pasillos en construcción y muchos de esos tomos ya a la espera de ser leídos por generaciones futuras. Aunque, bien pensado, quizá el único lector de los recuerdos propios sea uno mismo.

El sábado pasado estuve en el castillo de Manzanares el Real, donde mi amiga María Peña organizaba un evento de artistas. En el patio de armas, un grupo de poetas declamaba sus versos mientras que un grupo musical aligeraba el aire con violines y guitarras y un par de pintores iban armando un lienzo hecho en cuatro trozos que después unieron. La tarde vino con lluvia y fue dejando paso a una noche fresca donde el otoño se sabía fuerte. Los artistas deben agradecer la lluvia, pues deja el ánimo más permeable a la belleza.

Al salir del castillo parecí guiarme por el olor de las chimeneas, que ya habían ido hilando sobre los paisajes sus telarañas de humos. Abajo, un pantano, unos colores que se apagaban, una humedad en el ambiente que estaba pidiendo a gritos una fogata y un buen libro. Dejé que la cabeza se me llenara con esos pájaros de ensoñación y, camino a casa, atravesando carreteras y con las últimas luces de la jornada, vi ganado pastando bajo la lluvia y a unos cuantos paseantes que habían salido a dar una caminata, a pesar del agua. Cuando llegué, lo hice de la mano de la noche, encontrando un aparcamiento en la misma puerta y un hogar caliente.

Cuento todo esto porque hoy lunes llueve de otro modo. Llueven otros titulares, llueven otras noticias con las que trabajamos para montar la jornada laboral, llueve lunes. Es habitual que el primer día de la semana tenga algo de irreal, como si costara ir arrancando o incorporándose a la vida cotidiana. Como cuando un antiguo conocido decía que no le gustaba viajar en avión porque el alma no podía seguir al cuerpo tan rápido y él notaba un cansancio extremo, se supone que hasta que el ánima se reencontraba con su carne. Y, sin embargo, hoy, al leer el titular de El Periódico, he comprendido que la tarde del sábado seguía vigente dentro de mí. Su hoguera todavía ardía. Son las ganas de contar una historia. El oficio que te reclama. Y la prueba de que las historias, las que más importan, pocas veces suponen actualidad inmediata. Por mucho que Irene Lozano, por mucho que el encuentro entre Rivera e Iglesias, por mucho que el lunes. Con estos mimbres, me encauzo hacia la semana, que rompe a crepitar bajo el titular “Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca”.

Si alguien pregunta un lunes qué se ha hecho el fin de semana, ¿aceptaría como respuesta: estuve viendo la belleza?