Que vienen las urnas

Parece el título de una película de la transición. O de la Transición, con mayúscula, eso ya depende de sensibilidades y de los planes de estudio con los que se criara cada uno. Lo cierto es que llegan los votos, como se dice todavía en ciertos lugares, y da la sensación de que lo hacen como un modo de amenaza para muchos. Para los que ostentan cargos, para los que no tienen qué decir, para los que se parapetan en despachos, para quienes comen o subsisten gracias al clientelismo, para los que están anclados en el pasado y hasta para quienes esperan que el futuro solucione cualquier problema con el mero pasar de los calendarios.

Vienen las urnas, que vienen las urnas, y hay quienes temen por lo que pueda salir de ellas y quienes temen por lo que pueda no salir. Las dudas, no obstante, no las disipará ningún ministro portavoz enunciando resultados. El domingo por la noche nos van a decir cuántos números de votos y cuántos escaños se queda cada partido, pero, ¿estamos viviendo un gran cambio político o no? ¿Este anunciado cambio será, si es, para que se transforme la realidad del país o para que las instituciones se actualicen de forma superficial pero sin meterle mano a los problemas que acucian a la calle? ¿Se producirá un relevo de personas y de generaciones pero no de políticas? ¿Alguien recordará el lunes lo importante que parecía hacía un mes lo de la reforma educativa? ¿Viviremos mejor o peor en 2016? ¿Qué diferencia habrá en los grandes temas? ¿Cuáles son esos grandes asuntos? ¿Se puede ir a peor? ¿Qué hay de realidad en todo cuanto percibimos de este entramado político y social?

Que vienen las urnas. Yo, como voté por correo hace bastantes días, he vivido la campaña con la tranquilidad de no tener que elegir. Y no sabéis lo distinto que es escuchar promesas electorales sin la necesidad de masticarlas y digerirlas. Ha sido como ir al supermercado después de comer, sin hambre, sin la angustia del hambre. Qué suave es todo habiendo votado antes de la campaña. Me temo que lo haré siempre así. Voté por desahogo, no obstante, sabiendo que el escepticismo -sobre todo respecto a uno mismo- no cabe en una papeleta. Conviene recordar que un voto puede cambiar un gobierno -eso dicen- pero, ¿y al votante? ¿Quién nos cambia, además del tiempo?

Oliver Twist

Los números se obcecan: un nuevo estudio europeo dibuja a España como una gran factoría de pobreza. 13,6 millones de personas pobres, de los cuales más de tres se encuentran en una situación extrema. Son 800.000 más que el año anterior. Intuimos que se trata de gentes que no se quieren enterar de la recuperación de los grandes números. ¿Podríamos estar peor? Si sigue la inercia, no hay más que esperar otro año, desde luego. Ojalá no.

La crisis ha pasado. En efecto: esto es lo que ha dejado tras ella. Después de la gran tormenta, lo que nos ha quedado es una gran inundación. Y mientras el barro llega hasta los techos de las casas de la gente, nos van diciendo que lo importante es mirar hacia el cielo, porque si nos fijamos bien veremos cierto arco iris.

El futuro no está escrito. Pero si queremos que esto cambie, desde luego habrá que dejarse de meteorologías y ponerse a limpiar el barro -la pobreza- y establecer diques de seguridad para que no vuelvan las inundaciones cuando regresen las lluvias.

No se perciben salidas desde la política. Las urnas cada día se revelan más como un reparto de los papeles que como un cambio de obra. Quizá es que las elecciones fueron siempre eso: decidir quién hará de Hamlet y quién de Shylock. Pero siempre, Shakespeare.

Parece que es desde la tecnología, la técnica, la ciencia o la medicina desde donde se nos ofrecen esperanzas, grandes esperanzas. Nos aferramos a ellas para intentar creer que no estamos a puertas de revivir Oliver Twist. Esos millones de personas inmersos en la pobreza, aquí, en España, ya sólo esperan algo: que vuelva Dickens.

Rebelión en la granja

Ayer, en la columna del domingo, hablaba de Stevenson, y decía citando a Borges que uno lo percibe como alguien cercanísimo, amigo. Creo que es un sentimiento similar al que se activa en el torrente sanguíneo si hablo de Orwell, de George Orwell. Y es que echo mano de él para intentar comprender lo que está ocurriendo en Cataluña en el plano de los políticos. No sé qué pasa en la calle: me dice mi amigo Enric, desde el Prat de Llobregat, que los peligrosos rojos radicales están a punto de declarar la independencia por su cuenta y riesgo. Pero a continuación suelta la carcajada, insinuándome que no hay mucho de nada. Entre otras cosas, en el Prat el que ha pegado fuerte es, como en otros lugares, Ciudadanos.

Pero vuelvo a Orwell para hablar de lo catalán. Y no lo hago empleando Homenaje a Cataluña, el libro en el que el escritor británico contó su experiencia en la Guerra Civil española, cuando se dio cuenta de que la cosa no era como él la imaginaba y rompió con los comunistas de la órbita de Stalin. Ahí Moscú puso a Orwell en el punto de mira, y ya no fue querido ni por unos ni por otros, como si el telón de acero le hubiera caído preventivamente a él encima. No; si me acuerdo del querido Orwell es por Rebelión en la granja. En esa magnífica y breve novela, los animales toman las riendas de la hacienda, expulsan a los humanos, y cerdos, caballos, perros, ovejas… comienzan a gestionar sus asuntos sin que los granjeros intervengan. Lo que en principio parece una liberación (independencia, desconexión…) se va tornando en una vuelta a las mismas estructuras. El cerdo Napoleón, remedo de Stalin, es el nuevo jefe. Y la escena mítica es la de esos cerdos jerarcas brindando con los humanos, confraternizando con ellos y organizando juntos la convivencia en la granja. Los nuevos y los antiguos amos unidos, de espaldas al resto de animales.

Cuando ahora se nos aparecen los convergentes, los de ERC, juntspelsistas en general, e incluso la CUP, haciendo planes para una Cataluña -su Cataluña-, yo veo la granja de Orwell en ebullición. Más allá del sentimiento inculcado o sinceramente sentido en la calle, más allá de los planes de estudio de los últimos decenios, más allá de los medios de comunicación y sus estructuras empresariales… ahí tenemos otra vez la Granja, en mayúscula, con una rebelión en ciernes. Y me es imposible no vislumbrar, llegado el caso, esa cena en la que todos los nombres propios que ahora abanderan la independencia compartan mesa con quienes decían que los sometían. ¿Por ejemplo, Rajoy y Mas brindando por sus cosas? Homenaje a Cataluña. Y Orwell, desterrado.

Cosmos, de Carl Sagan Rajoy

Carl Sagan nos enseña que el “cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez”. Así nos lo recuerda el doctor Sagan cada vez que nos subimos con él a la nave de la imaginación, que es como él llama al vehículo que nos transporta en su serie Cosmos. De Sagan dijo el humilde Isaac Asimov que era una de las dos únicas personas más inteligentes que él mismo. La obra de Sagan sigue mostrándonos las maravillas del Universo en libros, trabajos de televisión y todas las entrevistas y magníficos materiales que el divulgador nos dejó. Sus seguidores conformamos una legión por todo el planeta. Y además hemos tenido la oportunidad de relamernos con el Cosmos 2 del astrofísico Neil deGrasse Tyson, científico al que muchos recuerdan por haber sido el “culpable” de que Plutón perdiese para nosotros su estatus de planeta (algo que el gran Sheldon Cooper de The Big Bang Theory no le ha perdonado todavía).

Pero ni Sagan ni Asimov, que tan bien anticiparon muchos de los acontecimientos y logros de nuestro tiempo, pudieron prever lo que ocurriría en 2015. Fue ayer mismo, cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se plantó en un encuentro de emprendedores que tuvo lugar en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Y allí se vino arriba al encontrarse de frente con uno de los fundadores de Apple, Steve Wozniak; se le subió la Marca España a la cabeza o lo mismo es que se mareó con las gafas azules que le habían puesto (los candidatos tienen el tic de besar niños y de ponerse en la cabeza todo lo que le van dando: sombreros, gafas, consignas…). Y entonces tembló el misterio, porque a Rajoy, inspirado, se le cayeron los velos de los ojos, vio más allá de la realidad y profetizó: “El futuro está al alcance de las manos, porque España tiene todo para convertirse no en el microcosmos, sino en el gran cosmos de la ilusión emprendedora a poco que no nos desviemos”.

Es extraño que tanto entendimiento acerca de microcosmos, cosmos y otras entretelas físicas provengan de un país que ha paralizado la investigación. “A poco que no nos desviemos”: o sea, que me sigáis votando o cambiará la dirección. Ahí volvió a la mecánica clásica. Rajoy ayer enunció una especie de Teoría del Todo Español, donde protagonizó la proeza mayor: no la de aunar física cuántica y relatividad, ríase de eso, sino la de compatibilizar ilusión y panorama español.

“España se ha desembarazado de los lastres del pasado para emprender un futuro común. El trayecto ayer incierto es hoy imparable”, siguió Rajoy. Y a su alrededor, en esa zona del Cosmos que sólo él habita, en la orilla de su océano cósmico, reinó el vacío. La nada. Lo de siempre. A ver si Higgs, el del bosón, puede meterle mano a esto. Viva Carl Sagan. Viva el vino. Rajoy parece a punto de romper a bailar en público.