Que vienen las urnas

Parece el título de una película de la transición. O de la Transición, con mayúscula, eso ya depende de sensibilidades y de los planes de estudio con los que se criara cada uno. Lo cierto es que llegan los votos, como se dice todavía en ciertos lugares, y da la sensación de que lo hacen como un modo de amenaza para muchos. Para los que ostentan cargos, para los que no tienen qué decir, para los que se parapetan en despachos, para quienes comen o subsisten gracias al clientelismo, para los que están anclados en el pasado y hasta para quienes esperan que el futuro solucione cualquier problema con el mero pasar de los calendarios.

Vienen las urnas, que vienen las urnas, y hay quienes temen por lo que pueda salir de ellas y quienes temen por lo que pueda no salir. Las dudas, no obstante, no las disipará ningún ministro portavoz enunciando resultados. El domingo por la noche nos van a decir cuántos números de votos y cuántos escaños se queda cada partido, pero, ¿estamos viviendo un gran cambio político o no? ¿Este anunciado cambio será, si es, para que se transforme la realidad del país o para que las instituciones se actualicen de forma superficial pero sin meterle mano a los problemas que acucian a la calle? ¿Se producirá un relevo de personas y de generaciones pero no de políticas? ¿Alguien recordará el lunes lo importante que parecía hacía un mes lo de la reforma educativa? ¿Viviremos mejor o peor en 2016? ¿Qué diferencia habrá en los grandes temas? ¿Cuáles son esos grandes asuntos? ¿Se puede ir a peor? ¿Qué hay de realidad en todo cuanto percibimos de este entramado político y social?

Que vienen las urnas. Yo, como voté por correo hace bastantes días, he vivido la campaña con la tranquilidad de no tener que elegir. Y no sabéis lo distinto que es escuchar promesas electorales sin la necesidad de masticarlas y digerirlas. Ha sido como ir al supermercado después de comer, sin hambre, sin la angustia del hambre. Qué suave es todo habiendo votado antes de la campaña. Me temo que lo haré siempre así. Voté por desahogo, no obstante, sabiendo que el escepticismo -sobre todo respecto a uno mismo- no cabe en una papeleta. Conviene recordar que un voto puede cambiar un gobierno -eso dicen- pero, ¿y al votante? ¿Quién nos cambia, además del tiempo?

El gatopardo

En la universidad nos mandaron leer El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Yo siempre tuve mucho rechazo a la lectura obligada, incluso antes de conocer el juicio de Borges que decía que hablar de literatura obligatoria era tan absurdo y contraproducente como hacerlo de sexo obligatorio. A veces, podría poner muchos ejemplos, los libros sólo me empezaban a gustar al año siguiente, cuando ya no tenía que examinarme de sus contenidos y los releía a mi antojo, esta vez con gusto. No fue el caso de El gatopardo. No hizo falta esperar: desde la primera lectura, caí dentro de las páginas y me quedé perdido en el laberinto de habitaciones por el que deambularon los amantes.

Pero si recordamos esta novela italiana es por la máxima que se ha repetido hasta la saciedad y que parece que sigue marcando la pauta de las regeneraciones burguesas; algo así como: “Hay que cambiarlo todo para que nada cambie”.

¿Es que eso es lo que va a ocurrir a finales de diciembre? Por lo que tenemos visto, estas puestas a punto o actualizaciones del sistema se producen cuando existe el riesgo de que los fundamentos varíen. Precisamente, como dice Lampedusa, para evitar que nada cambie. ¿Es lo que se teme ahora por parte de quien corresponda? Puede ser. Y de hecho, es probable que desde hace un par de años estemos asistiendo ya a esta adaptación de las cosas para no dejar de ser las mismas. Yo enmarco en esa estrategia general la aparición de los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, del mismo modo que entiendo que eso es lo que ocurrió con la creación de la UCD, con la instrumentalización del viejo PSOE a partir de la década de los 70 o con el PCE de Carrillo. Pero entonces, ¿qué queda fuera del sistema? Como fuera del Universo, nada. ¿Todo es Matrix? De ser cierta esta lectura, sobrepasaría el escenario español. Y también el europeo. Por tanto, supongo que la única pregunta, la que de verdad responde al resto de cuestiones, es: ¿quién manda aquí?

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Pues eso. Como dice nuestro amado Holmes: “Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.

Rocky I

Dicen que Pablo Iglesias está cansado; no sé, es como si Stallone llegara agotado al primer día de rodaje de Rocky I. Hace justo un año Iglesias se aparecía ante la opinión pública como un Hércules dispuesto a subir a los cielos para abrir las puertas del Olimpo y desalojar a Zeus y a toda su casta. Pero el transcurso del 2015 ha ido sumiendo al héroe de la nueva política en una suerte de melancolía de la que no parece fácil que salga. Se le fueron las elecciones andaluzas y Monedero. En las municipales, ganó en Cádiz, pero en Madrid y Barcelona cada vez parece más claro que el triunfo se debió al conglomerado de fuerzas, con lo que ya hay quien se atreve a decir que Colau y Carmena no ganaron gracias sino a pesar de Podemos. El que Merkel domara a Tsipras después del referéndum griego también resultó un duro golpe para Iglesias, que se había abrazado a los postulados de Syriza. Las urnas catalanas sepultaron sus ilusiones de ofrecerse como un catalizador de la cuestión social, más allá del debate del nacionalismo. Y la puntilla la ha puesto el encuentro con Albert Rivera en La Sexta, tras el que se extiende la idea de que resultó más convincente el líder de Ciudadanos, que de este modo le habría arrebatado la bandera de la regeneración.

Las encuestas muestran el retroceso paulatino de Podemos. Parece extraño, pero da la impresión de que la legislatura que acaba no fuera la de Rajoy sino la de un Pablo Iglesias que llegara desfondado al inicio de la campaña. ¿Por qué ese cansancio? ¿Falta de preparación, de hechuras, de realismo? Hace apenas dos semanas del desencuentro definitivo entre Alberto Garzón e Iglesias, pero hoy por hoy va pareciendo que es a Garzón al que no le interesa ir de la mano en una lista conjunta.

Y de todos los reveses que ha ido sufriendo el líder de Podemos en 2015, el de ahora parece ser el más duro, porque es el golpe que se propina uno a sí mismo: el cansancio. Es la derrota del propio cuerpo, que parece negarse a seguir al líder. Y si no se sigue ni él…

Suena la música de Rocky y Pablo Iglesias se recuesta. ¿Despertará antes de que comience el combate? ¿U optará por adormecerse en el avión camino al Europarlamento? Quizá prefiera el sueño a la realidad; un sueño en el que vuelve al 15M, cuando todo estaba por hacer. En los sueños no se siente el cansancio. ¿Y esos votos que se le escapan? ¿Hacia dónde los lleva el viento? La abstención, Ciudadanos, el PSOE, Izquierda Unida… por do más pecado había.