La belleza

De entre todos los titulares leídos esta mañana, uno se queda acompañándome el resto del día. En la contra de El Periódico: “Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca”. Lo dice Boni Ofogo, un señor camerunés que ejerce de narrador oral. Resulta tentadora la idea de pensar en la persona de avanzada edad como una sucesión de historias, como una hilera de estanterías donde los recuerdos son volúmenes que se agolpan, se distribuyen o se ordenan a su antojo. Porque, si eso es así, nosotros, los protoancianos, constituimos una gran biblioteca en ciernes con sus pasillos en construcción y muchos de esos tomos ya a la espera de ser leídos por generaciones futuras. Aunque, bien pensado, quizá el único lector de los recuerdos propios sea uno mismo.

El sábado pasado estuve en el castillo de Manzanares el Real, donde mi amiga María Peña organizaba un evento de artistas. En el patio de armas, un grupo de poetas declamaba sus versos mientras que un grupo musical aligeraba el aire con violines y guitarras y un par de pintores iban armando un lienzo hecho en cuatro trozos que después unieron. La tarde vino con lluvia y fue dejando paso a una noche fresca donde el otoño se sabía fuerte. Los artistas deben agradecer la lluvia, pues deja el ánimo más permeable a la belleza.

Al salir del castillo parecí guiarme por el olor de las chimeneas, que ya habían ido hilando sobre los paisajes sus telarañas de humos. Abajo, un pantano, unos colores que se apagaban, una humedad en el ambiente que estaba pidiendo a gritos una fogata y un buen libro. Dejé que la cabeza se me llenara con esos pájaros de ensoñación y, camino a casa, atravesando carreteras y con las últimas luces de la jornada, vi ganado pastando bajo la lluvia y a unos cuantos paseantes que habían salido a dar una caminata, a pesar del agua. Cuando llegué, lo hice de la mano de la noche, encontrando un aparcamiento en la misma puerta y un hogar caliente.

Cuento todo esto porque hoy lunes llueve de otro modo. Llueven otros titulares, llueven otras noticias con las que trabajamos para montar la jornada laboral, llueve lunes. Es habitual que el primer día de la semana tenga algo de irreal, como si costara ir arrancando o incorporándose a la vida cotidiana. Como cuando un antiguo conocido decía que no le gustaba viajar en avión porque el alma no podía seguir al cuerpo tan rápido y él notaba un cansancio extremo, se supone que hasta que el ánima se reencontraba con su carne. Y, sin embargo, hoy, al leer el titular de El Periódico, he comprendido que la tarde del sábado seguía vigente dentro de mí. Su hoguera todavía ardía. Son las ganas de contar una historia. El oficio que te reclama. Y la prueba de que las historias, las que más importan, pocas veces suponen actualidad inmediata. Por mucho que Irene Lozano, por mucho que el encuentro entre Rivera e Iglesias, por mucho que el lunes. Con estos mimbres, me encauzo hacia la semana, que rompe a crepitar bajo el titular “Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca”.

Si alguien pregunta un lunes qué se ha hecho el fin de semana, ¿aceptaría como respuesta: estuve viendo la belleza?

Oliver Twist

Los números se obcecan: un nuevo estudio europeo dibuja a España como una gran factoría de pobreza. 13,6 millones de personas pobres, de los cuales más de tres se encuentran en una situación extrema. Son 800.000 más que el año anterior. Intuimos que se trata de gentes que no se quieren enterar de la recuperación de los grandes números. ¿Podríamos estar peor? Si sigue la inercia, no hay más que esperar otro año, desde luego. Ojalá no.

La crisis ha pasado. En efecto: esto es lo que ha dejado tras ella. Después de la gran tormenta, lo que nos ha quedado es una gran inundación. Y mientras el barro llega hasta los techos de las casas de la gente, nos van diciendo que lo importante es mirar hacia el cielo, porque si nos fijamos bien veremos cierto arco iris.

El futuro no está escrito. Pero si queremos que esto cambie, desde luego habrá que dejarse de meteorologías y ponerse a limpiar el barro -la pobreza- y establecer diques de seguridad para que no vuelvan las inundaciones cuando regresen las lluvias.

No se perciben salidas desde la política. Las urnas cada día se revelan más como un reparto de los papeles que como un cambio de obra. Quizá es que las elecciones fueron siempre eso: decidir quién hará de Hamlet y quién de Shylock. Pero siempre, Shakespeare.

Parece que es desde la tecnología, la técnica, la ciencia o la medicina desde donde se nos ofrecen esperanzas, grandes esperanzas. Nos aferramos a ellas para intentar creer que no estamos a puertas de revivir Oliver Twist. Esos millones de personas inmersos en la pobreza, aquí, en España, ya sólo esperan algo: que vuelva Dickens.

Una noche en la ópera

A esta hora, yo entiendo que usted ya sabe del nuevo vídeo del Partido Popular. El de la reanimación de España. Reanimación que, dicho sea de paso, es lo que muchos hemos necesitado para salir del marasmo de estupefacción en el que sume lo que se va viendo en esa pieza. Particularmente, sólo he recuperado la movilidad en varios de los dedos, cosa que aprovecho para ir tecleando esta columna a la espera de que los músculos faciales me respondan y a ver qué pasa con la mandíbula.

Más allá de que el vídeo sea plagiado o no, como ya se dice por ahí, lo que más urge es saber quién aprueba estas campañas. Porque hay un momento en el que, digo yo, alguien se sienta en una sala, le da al triángulo del play y le pasa el contenido del vídeo a un grupo de responsables. Y otro alguien con mando en plaza tiene que haber dicho: Ok, me gusta, aprobado, que se emita. Quién es, por todos los dioses, quién es esa persona. ¿Alguien que baila, que canta, que calla…?

Creíamos que se había tocado techo tras el exitazo del vídeo en el que Rajoy iba casa por casa dando las gracias (con contraplanos, sin compartir plano con nadie, por cierto, y eso que eran actores) pero sobre todo después de la escena en la que los pesos pesados de Génova tomaban café y Floriano soltaba lo de que “les había faltado piel”; ya pensábamos que no había más, que el camino de lo audiovisual en el PP había llegado a su Finisterre y que enfrente, sólo el mar. Pues no. El talento no conoce límites.

Empiezo a plantearme en serio si los populares no están haciendo todo esto a propósito para dilapidar cualquier opción que les quede de salir bien parados en las elecciones. Dos meses largos. Y la respuesta ante los envites de la actualidad de ayer (el Montorazo, las marchas de Cayetana Álvarez de Toledo y Arantza Quiroga, la pérdida de formas de Margallo en el Congreso…) es un vídeo. ¿Nadie va a tomar el timón del barco en medio de la tempestad? Es como si a la crisis del 29 el presidente Roosevelt en vez de con el New Deal hubiese respondido emitiendo Una noche en la ópera, de los hermanos Marx.

La semana pasada enviaron a Javier Maroto, vicesecretario sectorial, a entenderse con los del cine. La Unión de Actores. Después de ver el vídeo de ayer, desde luego que se comprende la necesidad de guionistas y realizadores que acucia a las filas populares. En estos momentos nadie sabe si el PP va a ganar algo en las elecciones, pero visto lo visto y a falta de varios vídeos más que parece que ya se están produciendo, el Goya cae fijo. Dios santo, que lo entregue Almodóvar.

Entrevista con el vampiro

Ahora que la revista Playboy anuncia que va a dejar de sacar desnudos en portada, va el ministro Cristóbal Montoro y se desnuda metafóricamente en El Mundo, en una entrevista de la que supongo que a Jorge Bustos, el periodista, todavía lo están recuperando en la sala de reanimación. Bustos ha pedido dos transfusiones de gintonic, porque ha visto de cerca al hombre, ha hablado cara a cara con él, ha conocido los susurros de los espejos.

La silueta de Montoro sobre una pared es la de Nosferatu. Que viene él. Él. El que conoce nuestras haciendas. El que cobra los impuestos. El que habita en el castillo al que acudimos a hacer las declaraciones de la renta, el pago del IVA, las cuentas del alma… El ministro afila sus colmillos y tiemblan las carteras, prestas a desangrarse.

Pero a pesar de la estética vampírica, Montoro se cree Van Helsing. Se ve a sí mismo como el antídoto a la crisis, a la intervención y al abismo. Y reivindica el estacazo en el corazón que le lleva dando al desastre de las cuentas durante toda la legislatura. Es llamativo que en una cartera tan técnica como la de Hacienda el ministro tenga un perfil político de tamaña talla. Porque las dentelladas que ha soltado Montoro en la entrevista que hoy está estremeciendo a todos son sin duda al cuello. Desde Alfonso Guerra, no se recordaban mordiscos tan bien tirados. Y han sido dirigidos esencialmente al cuello de los amigos, en una reacción propia de gente harta. Cristóbal está cansado de no poder comer ajos. Y le dice a Aznar que se meta en lo suyo, que no moleste. Y a Margallo, que es rehén de su arrogancia intelectual. Y a Rato, que cómo es que alguien con su renta puede usar una tarjeta black para ahorrarse unos miles de euros. Y al inventor del eslogan “economía con alma” que eso es una tontería. Y a los suyos, en general, que no entiende que se avergüencen de ser del PP.

Muchos lo perciben como a Nosferatu; otros, como a Chiquito de la Calzada en Brácula o a Polanski en el Baile de los vampiros. Hay incluso quien cree que Cristóbal Montoro, en realidad, vive su Crepúsculo. Pero él pretende ser el atrayente Drácula de Coppola que sostiene que el amor nunca muere. Y a mí el que me preocupa es Jorge Bustos, el periodista, que se metió en el ministerio de Hacienda con su bloc de notas y, bueno, cuando le cerraron las puertas aquello se convirtió en Abierto hasta el amanecer. En fin, que a Montoro le va a pasar como a Christopher Lee: tarde o temprano le sucederán en el papel, sí; pero admitámoslo: como él, ninguno.

El vergonzoso en palacio

Paseo por el centro de Madrid en día de exaltación patria. Banderas de España, familias de militares. Las orillas de Atocha ven pasar un río de soldados. Me gustaría que Ramón Gómez de la Serna hubiese dejado dicho que un desfile es una marcha hacia una guerra inexistente, o algo así. Lo bueno de las greguerías es que todas parecen haber sido hechas por Ramón.

Cruzo Tirso de Molina, donde no han calado los fastos del Prado; en mi antiguo barrio, más bien parece que está ocurriendo un domingo de pueblo, y veo mucho chándal, gente haciendo mudanzas y niños que juegan a la guerra, como ensayando ya para convertirse en soldados y poder desfilar dentro de veinte años. Me asalta la duda de si se puede llamar Fiesta Nacional a un evento que no consigue traspasar del todo las calles principales.

Pero a los restaurantes de postín sí que llegan noticias y protagonistas desde palacio. El desfile hace de prólogo de lo verdaderamente importante: los corrillos aúlicos. A mí me sigue pareciendo que la reina Letizia desprende cierto aire de tristeza, aunque hay quien percibe en ella frustración, como si algo largamente proyectado le hubiese salido mal. Al rey se le intuye más preocupado, y ocupado, por la cuestión catalana que por los susurros cortesanos. Aunque, a qué engañarnos: los buenos palacios parecen diseñados para la voz baja, el amorío secreto y la efusividad entre cortinajes.

Y me quedo con la imagen de Albert Rivera desatando pasiones, hasta el punto de que precisa de un Dumas que lo retrate como una señorona que alboroza los corazones de los nobles, de los grandes empresarios y de los políticos ansiosos de pactos. Rivera podría ser una encarnación del cambio del mismo modo que Pablo Iglesias podría estar personificando la ausencia. Rivera llegó desnudo a los carteles. Iglesias, por perder, ha perdido la ropa y hasta el mismísimo cuerpo. La diferencia estriba en que al líder de Podemos se le decía hace poco que era el nuevo Felipe González y, por su parte, el líder de Ciudadanos opta por la evocación de Adolfo Suárez.

La crónica, en fin, la completan Rajoy, que asegura que va a volver a ganar y se marcha rápido a Nueva York, a seguir con el lío, y Pedro Sánchez, que según publican los papeles pretende junto a Mariano debates electorales a solas, sin Rivera ni Iglesias. Si esto fuese una comedia palatina, hoy no estaría claro quién es más vergonzoso en palacio.

Y después del lunes 12, martes y 13. Los calendarios no dejan de ponernos a prueba.

Rebelión en la granja

Ayer, en la columna del domingo, hablaba de Stevenson, y decía citando a Borges que uno lo percibe como alguien cercanísimo, amigo. Creo que es un sentimiento similar al que se activa en el torrente sanguíneo si hablo de Orwell, de George Orwell. Y es que echo mano de él para intentar comprender lo que está ocurriendo en Cataluña en el plano de los políticos. No sé qué pasa en la calle: me dice mi amigo Enric, desde el Prat de Llobregat, que los peligrosos rojos radicales están a punto de declarar la independencia por su cuenta y riesgo. Pero a continuación suelta la carcajada, insinuándome que no hay mucho de nada. Entre otras cosas, en el Prat el que ha pegado fuerte es, como en otros lugares, Ciudadanos.

Pero vuelvo a Orwell para hablar de lo catalán. Y no lo hago empleando Homenaje a Cataluña, el libro en el que el escritor británico contó su experiencia en la Guerra Civil española, cuando se dio cuenta de que la cosa no era como él la imaginaba y rompió con los comunistas de la órbita de Stalin. Ahí Moscú puso a Orwell en el punto de mira, y ya no fue querido ni por unos ni por otros, como si el telón de acero le hubiera caído preventivamente a él encima. No; si me acuerdo del querido Orwell es por Rebelión en la granja. En esa magnífica y breve novela, los animales toman las riendas de la hacienda, expulsan a los humanos, y cerdos, caballos, perros, ovejas… comienzan a gestionar sus asuntos sin que los granjeros intervengan. Lo que en principio parece una liberación (independencia, desconexión…) se va tornando en una vuelta a las mismas estructuras. El cerdo Napoleón, remedo de Stalin, es el nuevo jefe. Y la escena mítica es la de esos cerdos jerarcas brindando con los humanos, confraternizando con ellos y organizando juntos la convivencia en la granja. Los nuevos y los antiguos amos unidos, de espaldas al resto de animales.

Cuando ahora se nos aparecen los convergentes, los de ERC, juntspelsistas en general, e incluso la CUP, haciendo planes para una Cataluña -su Cataluña-, yo veo la granja de Orwell en ebullición. Más allá del sentimiento inculcado o sinceramente sentido en la calle, más allá de los planes de estudio de los últimos decenios, más allá de los medios de comunicación y sus estructuras empresariales… ahí tenemos otra vez la Granja, en mayúscula, con una rebelión en ciernes. Y me es imposible no vislumbrar, llegado el caso, esa cena en la que todos los nombres propios que ahora abanderan la independencia compartan mesa con quienes decían que los sometían. ¿Por ejemplo, Rajoy y Mas brindando por sus cosas? Homenaje a Cataluña. Y Orwell, desterrado.

Hallado un catalán que no sabía lo del independentismo

Joan Pere Bou, de 53 años y vecino de Castelldefels, acaba de conocer que en Cataluña existe un sector de la población que ansía la independencia. Carpintero de profesión, dueño de su propio taller, el señor Pere Bou se ha enterado de la cuestión secesionista cuando los empleados de una empresa demoscópica han acudido a su taller para sondearlo.

“Cuando me dijeron que querían sondearme me puse a la defensiva, claro” -ha afirmado Joan Pere-. “Pensé que venían del hospital, por lo de la dichosa colonoscopia”. Después de varios minutos de confusión y desconcierto, pues el carpintero no daba crédito a lo que le decían, se convenció de que la cosa iba en serio.

¿Cómo ha podido permanecer ajeno a la cuestión soberanista tantos años? “Yo es que voy muy a lo mío. Salgo de casa, me meto en el taller y no hago más que trabajar. Ni pongo la radio ni nada, porque no llega muy bien la señal aquí dentro. Cuando vuelvo, es que caigo rendido, y ni telediarios, ni debates, ni hablar en casa… Ceno y me acuesto. Y luego, bueno, llegan los fines de semana y claro, entre que vas con la señora al hipermercado, que si los hijos vienen a comer el domingo, que si ducharse, que si juega el Barça… pues no tengo tiempo para nada”.

Aprovechando el momento, al señor Pere Bou se le ha podido informar de otros asuntos. Al parecer, también desconocía lo de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y la llegada del euro. “Ya decía yo que estaba todo muy caro…”, ha apostillado.

En cuanto a qué postura va a adoptar ahora que sabe lo de la independencia, ahí ha sido claro: “Mi postura será la de siempre: tumbado. Es como mejor se está”.

Los andamios de Stevenson

Portrait_of_Robert_Louis_Stevenson¡”Cuán poco se da cuenta el lector -mientras, cómodamente sentado junto al fuego de su chimenea, se entretiene en hojear las páginas de una novela- de las fatigas y de las angustias del autor! ¡Cuán poco se cuida de representarse las largas noches luchando contra las frases que se le resisten, las sesiones de investigación en las bibliotecas, las correspondencias con eruditos e ilegibles profesores alemanes; en una palabra, todo aquel enorme andamio que el autor edifica para demoler después, simplemente para procurarle a él, lector de su obra, algunos momentos de distracción junto al fuego de su chimenea o para moderar el aburrimiento de una hora de ferrocarril!”

Así comienza la novela de Stevenson y su hijastro Samuel Lloyd Osbourne titulada en español El muerto vivo. En inglés, The wrong box; en francés, Un mort encombrant; y en italiano, La cassa sbagliata.

Pero no es para hablar de la confusión en las traducciones para lo que empleo la cita del maestro Stevenson, ni tampoco para comentar cómo fue esa colaboración entre el escritor y su hijastro, con el que firmó tres obras. Traigo las líneas del escritor escocés -al que, como Borges, muchos sentimos como un amigo, como alguien cercano y presente-, por un expresión muy concreta: la de los andamios.

Me gusta hablar de esos andamios, me gustó desde siempre, desde antes incluso de haber leído que Stevenson usaba la misma metáfora para referirse a la tarea del escritor. Porque es cierta. El escribidor, que diría Vargas Llosa, va alzando estructuras que pueden ser mentales o anotadas. Puede levantar el andamiaje en un corcho y colgarlo en la pared frente a la que se afana sobre el teclado. O puede construir esa osamenta en libretas, pizarras, papeles, archivos, esquemas… Se trata de notas que sólo para él deben valer, y que pueden expresar lo que tiene previsto decir en cada capítulo, o la evolución de los personajes, o los conflictos que va a ir esparciendo a lo largo del texto y cuándo y cómo pretende resolverlos. Está bien. Decía Bukowski en sus diarios a colación de la novela Pulp que estaba metiendo al detective protagonista en una serie de líos y que no sabía cómo sacarlo. Pero Bukowski era perro viejo cuando escribió Pulp, y su instinto lo rescató con éxito de esos embrollos narrativos ante los cuales muchos habrían sucumbido.

Lo que quiero decir es que el escritor es muy dueño de plantear su trabajo como le venga en gana. Lo que no puede hacer, lo que es trampa, es que no quite los andamios una vez que la obra haya terminado. Porque él estimará muy meritorio el haber usado determinados moldes, incluso haber inventado algunas herramientas o haberse estado documentando (con “eruditos e ilegibles profesoImagen de JulesXTres alemanes”, dice Stevenson en el párrafo inicial). Pero nada de eso debe obstaculizar al lector, molestar la lectura, impedir el desarrollo del texto. Tu esfuerzo, para ti. El lector no tiene por qué cargar con tus horas de escritura. Si sobre todas las cosas quieres verte recompensado por el esfuerzo de las horas, vete a un gimnasio y empieza a levantar pesas, o algo así. Pero no te afanes en echarle encima eso al lector.

Es que es muy importante que quede claro que los andamios con los que trabajas para poder escribir una obra no son la obra. Si empleas más esfuerzo en los andamiajes que en el propio escrito, y si además esto te está impidiendo escribir, es que algo estás haciendo mal. Piensa, con Stevenson, que el fin último del lector será el de distraerse “junto al fuego de su chimenea o moderar el aburrimiento de una hora de ferrocarril”.

La autopista del sur

Suenan las trompetas del puente, tres días ociosos, y las muchedumbres que pueden se largan de las ciudades en busca de otras ciudades, de sus pueblos, de las playas y las montañas. ¿De qué huyen quienes huyen? En primer lugar, puede que de la proximidad del otro, aunque también éste huya del vecino. Así que tendríamos un ejército de hormigas dispersándose por el bosque procurando perder de vista a sus congéneres. Pero también puede que huyan de la rutina, si ésta es mala, del color de la pintura del salón o de los mismos programas de televisión de siempre, las mismas caras de los mismos bares o las mismas noticias, que por regla general son siempre una crónica que se repite y en la que lo único que cambia es la fecha. Dicen que la ciencia es la única noticia, y eso tiene visos de ser cierto, con lo que desde el Neolítico apenas podemos destacar como grandes titulares que se inventó la imprenta, que llegaron internet y el ipad o que empezamos a hurgar con el ADN.

Pero huyen, mientras pasan estas líneas, las manadas de coches que se agolpan en las salidas. Como millones de bisontes en busca de sus praderas, aunque sin praderas ni Oeste como gran destino. Porque me temo, en efecto, que los que huyen lo hacen de sí mismos. Y entonces de nada vale esa fuga, cuando Alcatraz se lleva dentro y uno es su propio carcelero. Es como si al final del túnel cavado, Clint Eastwood se encontrara con que la salida da a la propia celda. O sea: Eastwood haciendo de Woody Allen. Y vuelta a empezar.

Siento decirlo, pero al final del atasco esperan los mismos telediarios, idénticos problemas, las cuitas de siempre. Al final de la autopista hacia el sur no aguarda Julio Cortázar entre cronopios fumando nubes, sino un guardia civil que te multa por exceso de hastío.

Dicho esto, el momento para ir a la playa es ahora, en efecto, cuando el mundo se enfría y la arena del mar parece una obra que los albañiles dejaron a medias. Un poco como la historia de España, que sigue ahí, pendiente de rehacer. Pero eso tendrá que ser después del puente, claro. O después de después.

Cosmos, de Carl Sagan Rajoy

Carl Sagan nos enseña que el “cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez”. Así nos lo recuerda el doctor Sagan cada vez que nos subimos con él a la nave de la imaginación, que es como él llama al vehículo que nos transporta en su serie Cosmos. De Sagan dijo el humilde Isaac Asimov que era una de las dos únicas personas más inteligentes que él mismo. La obra de Sagan sigue mostrándonos las maravillas del Universo en libros, trabajos de televisión y todas las entrevistas y magníficos materiales que el divulgador nos dejó. Sus seguidores conformamos una legión por todo el planeta. Y además hemos tenido la oportunidad de relamernos con el Cosmos 2 del astrofísico Neil deGrasse Tyson, científico al que muchos recuerdan por haber sido el “culpable” de que Plutón perdiese para nosotros su estatus de planeta (algo que el gran Sheldon Cooper de The Big Bang Theory no le ha perdonado todavía).

Pero ni Sagan ni Asimov, que tan bien anticiparon muchos de los acontecimientos y logros de nuestro tiempo, pudieron prever lo que ocurriría en 2015. Fue ayer mismo, cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se plantó en un encuentro de emprendedores que tuvo lugar en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Y allí se vino arriba al encontrarse de frente con uno de los fundadores de Apple, Steve Wozniak; se le subió la Marca España a la cabeza o lo mismo es que se mareó con las gafas azules que le habían puesto (los candidatos tienen el tic de besar niños y de ponerse en la cabeza todo lo que le van dando: sombreros, gafas, consignas…). Y entonces tembló el misterio, porque a Rajoy, inspirado, se le cayeron los velos de los ojos, vio más allá de la realidad y profetizó: “El futuro está al alcance de las manos, porque España tiene todo para convertirse no en el microcosmos, sino en el gran cosmos de la ilusión emprendedora a poco que no nos desviemos”.

Es extraño que tanto entendimiento acerca de microcosmos, cosmos y otras entretelas físicas provengan de un país que ha paralizado la investigación. “A poco que no nos desviemos”: o sea, que me sigáis votando o cambiará la dirección. Ahí volvió a la mecánica clásica. Rajoy ayer enunció una especie de Teoría del Todo Español, donde protagonizó la proeza mayor: no la de aunar física cuántica y relatividad, ríase de eso, sino la de compatibilizar ilusión y panorama español.

“España se ha desembarazado de los lastres del pasado para emprender un futuro común. El trayecto ayer incierto es hoy imparable”, siguió Rajoy. Y a su alrededor, en esa zona del Cosmos que sólo él habita, en la orilla de su océano cósmico, reinó el vacío. La nada. Lo de siempre. A ver si Higgs, el del bosón, puede meterle mano a esto. Viva Carl Sagan. Viva el vino. Rajoy parece a punto de romper a bailar en público.