Nos queda Baroja

Nos sueltan que vayamos dejando la carne y a cambio nos ofrecen un plato de insectos, que por lo visto es lo que acabaríamos comiendo si volviésemos a salir de tapas. Está la cosa para pensárselo, pero a priori me temo que me decantaré más bien por seguir paseando por parques y veredas; prefiero ese andar tranquilo rememorando los días en los que con el vino nos ponían tapas de jamón y pedíamos raciones de oreja a lo de picotear unas cucarachas entre cerveza y cerveza sin alcohol. Además, no me llama el burbujeo de conversación hablando de qué se va a hacer con Cataluña -a estas alturas-, de si se aplica el artículo 155 o el 8 de la Constitución, de si es o no es un cortinaje para esconder la corrupción del sistema, de si se juntan los constitucionalistas o no… En efecto, parecen conversaciones surgidas entre comensales de insectos, y lo que añoramos son las charlas de los que nos deleitábamos con lomo, queso y anchoas. Como vivo en el noveno, me encuentro con todos los vecinos en el ascensor, y advierto alarmado que en el cubículo se cuelan conversaciones que ya no se ocupan del tiempo, de si llueve o de si cuánto viento: el vecino del cuarto me sacó ayer el tema de la unidad de España; antes de que me hagan subir y bajar andando por las escaleras, insto a la OMS a que tome cartas en el asunto, porque esto, más que un tema territorial o político, empieza a ser de salud. De salud mental. Ocurre, proclamo, que el tema catalán ha dejado de ser un problema para convertirse en un coñazo. ¿Se ha llegado a límite de la Constitución? Se ha llegado al hartazgo. Entérense todos.

Menos mal que nos queda Baroja. La cuenta atrás para las elecciones generales se me ha visto eclipsada por la que corresponde a la publicación la semana que viene del último libro de don Pío. La semana que viene, lo nuevo de Baroja. Cómo suena eso. Como cuando hace veinte años esperábamos para el disco de Sabina. Por lo pronto, mañana se cumplen años de la muerte del escritor vasco y lo mismo me acerco al cementerio civil y le hago una visita. Por comentar lo del cotarro catalán, mayormente. Y lo de la carne. Tengo mucho interés por saber lo que diría el maestro respecto a esa imagen de la burguesía catalana de la mano de los anarquistas… y con la butifarra en el punto de mira. Ay, los caprichos de la suerte…

La manzana de Newton y Pujol

¡Lo cortarán todo!, gritaba Jordi Pujol en una de las comparecencias a las que fue sometido para dar explicación de la trama corrupta en la que anda investigado. Era su teoría del árbol: él constituía sólo una rama pero los que venían a por él y a por su familia no distinguirían y cortarían desde el tronco, arrancando las raíces de Cataluña. Era su razón, la de quien evita la cosa juzgada. Es decir: la cuestión no es que yo sea un corrupto, sino que vienen a por la causa nacional. Pujol colocaba así el independentismo como parapeto entre las cuentas de su familia y los investigadores.

Ayer, quince registros en domicilios de Pujol y asociados. Y detrás, de fondo, la trama del 3%. ¿Procede la insondable fortuna de esta familia del cobro del 3% en comisiones ilegales mientras campaban a sus anchas en la Generalitat? Es algo a demostrar, pero que se ha asentado como hipótesis más probable en la calle. Claro que, siendo así: ¿los Pujol están solos, han gobernado solos, han cobrado solos? Parece improbable. De este modo, se hace difícil creer que no están todos en el ajo. El árbol, siguiendo el símil pujolístico, ¿dónde acaba? ¿En Cataluña? Se ve poco verosímil. ¿Nadie del Gobierno central sabía nada? ¿Ni siquiera cuando se sentaron a negociar, primero PSOE y luego PP, con Pujol, allá por los 90? Más bien se extiende la convicción de que es probable que en cualquier parte, y no sólo en Cataluña, la política y las concesiones a empresas amigas mantienen secretos de alcoba. Esa alcoba, por cierto, la pagamos todos a través de los impuestos. Si los que mandan -sean éstos quienes sean y estén donde estén- tienen un interés real en que una parte de la gente vuelva a confiar en el sistema, tendrán que limpiar las cañerías y acabar con la corrupción. Con toda la corrupción: aclarando el tema Pujol, el 3% de Convergencia, lo de Bárcenas, lo de la sede del PP, lo de los sobres en negro, lo de los ERE, lo de cualquier atisbo de latrocinio.

A la par, la llamada cuestión catalana, como un gran velo confeccionado para cubrir lo más acuciante, sigue extendiéndose. Se anuncia una independencia que echa a andar y a la hora el presidente Rajoy anuncia que lo va a impedir, aunque no aclara cómo. ¿Estarían transcurriendo las cosas así de no haber elecciones generales en menos de dos meses? ¿Quién está escribiendo el guión de todo esto? La manzana del árbol de Pujol va cayendo siguiendo las leyes de Newton y no sabemos sobre qué cabeza impactará. Pero nos tememos que es una manzana podrida.

El rapto de Europa

Europa no es capaz de acoger a nadie porque en primer lugar no se acoge a sí misma. No se alberga. No se contiene. Tal es la idea que se va extendiendo acerca de un continente que ni siquiera sabe dónde están sus límites. Ni su esencia. Ni sus intenciones, más allá de obedecer los dictados que surgen desde Alemania.

Europa, pero, ¿qué Europa? ¿Acaso la que nació tras la Revolución Francesa? ¿Libertad, igualdad, fraternidad? ¿Acaso la de la reacción de las potencias absolutistas que quisieron frenar los nuevos aires que se exportaban con Napoleón? Ese movimiento nos trajo a Fernando VII, por cierto, identificación de muchos de los males que nos asolan en España. ¿Qué Europa? ¿La de la guerra entre Francia y Prusia? ¿La que se repartió África y el Oriente como un pastel? ¿La de los Balcanes encendiendo la mecha de la Gran Guerra? ¿La de los fascismos? ¿La de Hitler marchando sobre París y bombardeando Londres? Parece que hay demasiadas Europas, harto antiguas y quizá con un exceso de querellas internas que le imposibilitan el entendimiento.

No hay un proyecto común. Normalmente, las palabras se usan para esconder las carencias, y hay que recordar que durante mucho tiempo Europa gustó de llamarse a sí misma Mercado Común. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Alemania del oeste quedó al amparo de los EEUU y esa tutela inspiró la creación de un bloque donde se fueron uniendo esta Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Luxemburgo y Bélgica. Con el tiempo, llegarían Reino Unido, Irlanda, Dinamarca, Grecia, España, Portugal, la Alemania del este, Austria, Finlandia, Suecia… Se confeccionó un andamiaje económico en el que estaba claro que la fuerza se le cedía a la OTAN, integrándose en ella, de hecho. De modo que, tras la Guerra Fría, ¿qué pasa con Europa? Una ampliación a veintiocho miembros, por ahora, y el euro, que ha arruinado a los países del sur y cuya única misión parece ser la de aplacar el miedo alemán a la inflación.

Europa no sabe ni dónde empieza ni adónde va. Se está desmembrando y es curioso, porque nunca ha estado unida. Se está separando, cuando quizá su problema es estar demasiado próxima de sí misma. Se está arruinando, cuando la pobreza ya afecta a gran parte de su población. Es una gran paradoja: la de la propia existencia. El miedo a que se desintegre, que se lo digan a los griegos, no evitará que todo el solar regrese a la condición de patio de vecinos donde cada uno cierra su puerta y desconfía del de al lado. El mundo es de EEUU, y quizá algo de China. Europa no ha sabido o no ha querido ser. Y, por tanto, no será. No sabemos qué tal se hubiesen dado las cosas en caso de haber existido una voluntad política, social y constructiva para aunar un continente y ponerlo al servicio de su población. Quizá nos han faltado grandes praderas donde correr y tender trenes y sueños. Europa ha sido raptada. Pero por sí misma. Disfrutemos de las catedrales, del Coliseo, de la Alhambra, del Partenón y de la Alfama, mientras sigan en pie.

Rossi o Saturno devorando a sus hijos

Valentino Rossi pateó ayer a su propio mito. Cuando por enésima vez Márquez lo pasaba en ese antológico toma y daca que encandila incluso a los que no sienten la pasión por el motociclismo, el campeón italiano no pudo más. Algo se quebró en su interior, algo que ya venía dando signos de derrumbarse desde hacía días. El italiano se ha pasado una semana largando contra Márquez. Decían que por estrategia, pero ahora sabemos que ha sido por miedo. Con el terror con el que Saturno devora a sus hijos, que es el de un anciano que teme que los vástagos dispongan de él y lo metan en un geriátrico, así es como Rossi no ha sabido gestionar que Marc, el que más se le parece, el que se ha criado a los pies de un póster suyo, pusiese en peligro su posible última corona de laurel.

Rossi, el ídolo, el simpático, el arriesgado, el descarado… jugando siempre al límite, ayer traspasó esa linde. Mientras los suyos sofocaban gestos iniciales de alegría por la patada, al darse cuenta de que estaban siendo observados por las cámaras, él se encaminó hacia el peor podio de su carrera. Si en el motociclismo queda justicia, aunque sea de la poética (sería de los pocos lugares en resistir la ola de mediocridad), en Cheste el campeón será español. Rossi ha conseguido que mucha gente desee que Lorenzo sea el triunfador este año, a pesar de las mareas de antipatía que Jorge despierta. Y eso es una proeza. Después de ayer, no se sabe qué es peor: si las explicaciones de Valentino nada más acabar la carrera, susurradas por su jefe de comunicación, si el momento en el que explica su versión de lo ocurrido a Pedrosa -ante la cara de póker de éste-, si su ausencia en la sala de prensa o si la sanción decretada, que a nadie deja satisfecho y que abre la posibilidad de que patear a un contrario en plena carrera no suponga más que un contratiempo sin demasiada importancia. Cuando el sentimiento de injusticia toma un deporte, el espectador puede despertar del encantamiento en el que había caído. Y suele levantarse e irse a vivir, algo que estaba postergando.

Si Rossi quiere estar a su propia altura, si no quiere perder su aureola, debería arrojarse él mismo de la moto en Valencia. Sólo así salvaría su grandiosa trayectoria. Sólo así se salvaría de su ocaso. De su cabezazo de Zidane. De devorarse a sí mismo, como un Saturno insatisfecho.

La rienda de Rocinante

Esta mañana he dado un buen paseo, una de esas caminatas que yo considero instructivas, es decir, de las que consisten en ir con la niña, a su ritmo, sin más ocupación que la de estar con ella, que no es poca cosa, por cierto. Cuando andamos así, abandonados, recuerdo siempre al Quijote, que llegando a una encrucijada soltó la rienda y dejó que Rocinante escogiese el camino a seguir.

Nuestro caballo imaginario nos ha conducido hasta una serie de lomas. A la niña le ha hecho mucha gracia coronar la cima de la más alta de ellas. «¡Se ve toda la ciudad!», ha festejado contentísima. Y el azar nos ha recompensado descubriéndonos un súbito parque en el que reinaba una tirolina. Hemos disfrutado mucho del artilugio, pues ni ella ni yo habíamos jugado nunca con semejante invento. Mientras mi hija gritaba loca de alegría cuando la rueda la desplazaba de poste a poste, me he dado cuenta del panorama. Desde el promontorio al que habíamos subido, la vista era para pensárselo: a un lado, el hospital, un gran edificio que parece hecho a base de copiar y pegar un módulo básico, con su cerca de hormigón y su interior sugiriendo análisis, medicaciones, tratamientos, ecografías, intervenciones y despedidas; y al otro lado, el cementerio, con sus lápidas y sus gentes de domingo yendo a visitar las tumbas de seres queridos o de seres odiados de los que se desea la constatación de la muerte. Mientras la niña gritaba «¡Otra vez, otra vez!», yo he sentido ese pellizco que nos recuerda que estamos de prestado. El sol arriba, amarillo y cálido en una mañana de otoño sin viento, sin más nubes que unas cuantas firmas artísticas en el cielo. Y acaso, porque el terror es más hondo de día que de noche, en la luz que en la oscuridad, me ha acometido el vértigo de la lucidez y he sido consciente de la fugacidad del momento feliz que disfrutaba. Me he obligado a saborearlo, ¡otra vez, otra vez!, a la vista de los recordatorios que abajo me señalaban la pronta caducidad humana. Por cierto, ¿a quién se le ha ocurrido colocar un parque infantil entre un hospital y un cementerio? Es que ni a Poe en su visión más inspirada…

Después el paseo nos ha llevado a un prado verde en el que jugar con la pelota. Con cuatro años, la niña ya le pega mejor que yo, lo que tampoco es que diga mucho a su favor… Y finalmente hemos llegado a un lago, donde una pasarela conducía hasta un mirador sobre las aguas. Nos hemos acercado hasta ese punto y, mientras la nena se embelesaba con los patos y las tortugas, yo he tenido mi éxtasis matutino: las pintadas de los muchachos que, entre candados y corazones, han dejado constancia de sus pensamientos y esperanzas. Tres frases he tenido que anotar. Las dos primeras, de un romanticismo extremo que me ha hecho salivar. Una decía: «Si fueses un error, te volvería a cometer». Y la segunda: «Tu peor castigo: dormir con otra, soñar conmigo». Pero la palma se la ha llevado la tercera. Cito textualmente: «Estoy harto de ser como he sido hasta hora». Sic. «Hasta hora». La conciencia de uno mismo que hay que haber alcanzado para decir eso, y qué efecto tan sorprendente el de esa hondura mezclada con la incomprensible falta en la palabra final, confundiendo hora con ahora.

Guiados por esa jugosa confusión en la que se mezclaban los parques de niños con los cementerios, los adverbios de tiempo con el tiempo mismo y las pasiones con el amor por las letras, nuestro paseo nos ha encaminado hacia la aventura de la tarde, que desemboca en este escrito. ¿Es así como se debe pasear, imitando al personaje cervantino y sin destino u objetivo? Ah, bendita voluntad la de Rocinante vagando libre. Voy sospechando que tal es la forma correcta, no ya de pasear, sino de vivir. Cada vez es más frecuente que me sorprenda pensando que el Quijote no estaba loco. Que los locos somos nosotros, empeñados en llevarle la contraria, aferrados a las riendas. Vale.

El gatopardo

En la universidad nos mandaron leer El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Yo siempre tuve mucho rechazo a la lectura obligada, incluso antes de conocer el juicio de Borges que decía que hablar de literatura obligatoria era tan absurdo y contraproducente como hacerlo de sexo obligatorio. A veces, podría poner muchos ejemplos, los libros sólo me empezaban a gustar al año siguiente, cuando ya no tenía que examinarme de sus contenidos y los releía a mi antojo, esta vez con gusto. No fue el caso de El gatopardo. No hizo falta esperar: desde la primera lectura, caí dentro de las páginas y me quedé perdido en el laberinto de habitaciones por el que deambularon los amantes.

Pero si recordamos esta novela italiana es por la máxima que se ha repetido hasta la saciedad y que parece que sigue marcando la pauta de las regeneraciones burguesas; algo así como: «Hay que cambiarlo todo para que nada cambie».

¿Es que eso es lo que va a ocurrir a finales de diciembre? Por lo que tenemos visto, estas puestas a punto o actualizaciones del sistema se producen cuando existe el riesgo de que los fundamentos varíen. Precisamente, como dice Lampedusa, para evitar que nada cambie. ¿Es lo que se teme ahora por parte de quien corresponda? Puede ser. Y de hecho, es probable que desde hace un par de años estemos asistiendo ya a esta adaptación de las cosas para no dejar de ser las mismas. Yo enmarco en esa estrategia general la aparición de los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, del mismo modo que entiendo que eso es lo que ocurrió con la creación de la UCD, con la instrumentalización del viejo PSOE a partir de la década de los 70 o con el PCE de Carrillo. Pero entonces, ¿qué queda fuera del sistema? Como fuera del Universo, nada. ¿Todo es Matrix? De ser cierta esta lectura, sobrepasaría el escenario español. Y también el europeo. Por tanto, supongo que la única pregunta, la que de verdad responde al resto de cuestiones, es: ¿quién manda aquí?

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Pues eso. Como dice nuestro amado Holmes: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad».

Días de radio

Los astrónomos nos cuentan que el Telescopio Espacial Kepler ha detectado una serie de señales que revelan que una estrella está devorando a uno de sus planetas y que éste tendría más o menos la composición de la Tierra, la de un planeta rocoso. La materia se precipita hacia el interior del astro, que deshace la roca y disuelve ese mundo como un azucarillo en el café. De modo nos avisan: así es como vamos a acabar. Dentro de 5.000 millones de años, vale, pero de ese modo tan cinematográfico.

Esa escena se encuentra a 570 años luz (con lo que los datos recibidos proceden de algo que no es que esté pasando ahora mismo, sino que en realidad ocurrió cuando Colón no había llegado a América). Pero algo de angustia se siente al leer esta noticia y escuchar a los astrónomos vaticinar que ese es el final del proceso. No sabría decir de dónde procede ese pellizco. ¿Acaso de lo más hondo de la materia, como si todos los elementos de los que uno está hecho se agitaran al escuchar que regresamos a la estrella, a la caldera de la que provenimos? Volvemos a la fuente. Cada átomo de nuestros cuerpos serranos salió de una estrella, a decir de los astrofísicos, y da igual que ese mismo átomo haya sido parte de una farola, de una cuenca minera, de una miss Uruguay o de una isla del Pacífico. Surgimos en las hogueras que son las estrellas… y al parecer vamos directos hacia ellas.

Woody Allen cuenta, creo recordar mal que en Días de Radio, ese momento en el que el niño le dice al psiquiatra que se encuentra angustiado porque acaba de enterarse de que el universo se expande, y la madre se mete en medio para gritarle: ¡Pero a ti qué te importa eso, si no vas a salir de Brooklyn! Ésa podría ser la esencia de esta columna: ¿por qué preocuparse por algo que va a ocurrir dentro de 5.000 millones de años, si ni siquiera sabemos con qué alineación va a salir Simeone frente al Valencia este fin de semana?

Tendría razón Heráclito: somos fuego. Y tendrían razón también quienes dicen que hay que ir pensando en abandonar la Tierra y buscar nuevas ubicaciones. Tanto lío para después tener que dejar Cataluña, por ejemplo. Si da pereza una mudanza y hasta ponerse a pintar el cuarto de la niña, lo de cambiarse de planeta o de sistema solar… pues pereza sideral.

Bien pensado, lo que de verdad causa vértigo no es saber que dentro de 5.000 millones de años aguarda un fin del mundo de crematorio, sino que nosotros, despojos atómicos salidos y destinados a regresar al horno de una estrella, estemos aquí intentando comprender, amarnos unos a otros, beber vino, reír, criar hijos y hacer poesía. Da la impresión de que somos una especie de basura que aspira a la belleza. Y eso es hermoso, supongo, como el verso de Juan Ramón Jiménez: «En el amor está la estrella».

Dicen que la columna está hecha para alumbrar; puede que sí, pero sobre todo, al que la escribe.

La Marsellesa

Viene siendo usual que el PSOE eche mano de la Iglesia para aventar el voto que se supone más a la izquierda en el espectro político. Lo cierto es que la cuestión religiosa en España se cerró a medias, como tantas otras cosas, llegando a un acuerdo de posibles y a la espera de que el tiempo y las leyes por dictar fuesen ordenando lo que se había compuesto como un apaño, como algo provisional. De hecho, la financiación de la Iglesia la acabó por apuntalar Felipe González. Antes, Adolfo Suárez dijo que estaba haciendo obra en la casa pero con la obligación de que siguiera habiendo agua, luz, habitaciones disponibles… Eso fue la transición, en mayúscula o no. Después, con los años, se sacralizaron muchos de esos acuerdos cogidos con pinzas y confeccionados para ser revisados. Unos dicen que eso ocurrió por la dificultad de la revisión; otros, que por interés de quienes disfrutaban de una posición privilegiada. Y en esas seguimos.

No es extraño, pues, que los socialistas se acuerden de la Iglesia y prometan atarla en corto si ganan las elecciones. Ocurre que si luego ganan todo suele seguir igual. Desconozco cómo andan las encuestas que llegan a Ferraz. Pero algo huele a urgencia cuando a los balcones de la sede del PSOE ha salido Pedro Sánchez a proclamar que si es presidente sacará a la asignatura de Religión del horario lectivo y que revisará el Concordato entre el Estado español y la Iglesia, obligando a ésta a los pagos en los que tiene bula. ¿Por qué hace esto Sánchez? Se vuelve a hablar de centro y se entona el cántico de que ganará las elecciones quien sepa conquistar los votos moderados. Pero quizá Sánchez sabe que eso no es cierto hoy como no lo fue nunca. Quizá sepa que en el centro está Ciudadanos y que es al votante de Podemos y al abstencionista, valga la redundancia, a quien debe convencer. O sea: mientras el centro le gana a la derecha, Sánchez quiere ganarse a la izquierda.

Se ha vestido de jacobino. Y esto ha sido tan literal que el socialista ha llegado a admitir que se mira en Francia como ejemplo de Estado laico. Suena la Marsellesa. Necesitará a los girondinos y a los jacobinos. Y a los sans-culottes. Me atrevería a decir: va a necesitar incluso a los socialistas, los que queden, y que puede que hayan perdido la costumbre de votar al PSOE.

Inspirado por su espíritu anarquista, Pío Baroja decía que en el enfrentamiento entre Iglesia y Estado estaba de parte del segundo, pero que en cuanto éste triunfara, también iría contra él. Sin llegar a tanto, Pedro Sánchez ha hablado de la separación entre Estado e Iglesia. Y esa simple declaración a muchos ya les suena a guillotina. No parece que la alarma llegue al río, al Sena, entendemos; tranquilos, los socialistas dicen esto todas las campañas. ¿Por qué esta vez iba a ser en serio? La vida sigue igual. Ah, París.

Regreso al futuro

Hoy llega Marty McFly. Hoy es 21 de octubre de 2015. Hoy es el día en el que surge de las dobleces del espacio-tiempo el joven Michael J. Fox a bordo del DeLorean para salvar a sus hijos de una mala situación. Hoy es el día de Back to the Future Part II, Regreso al Futuro II.

Ocurrirá exactamente cuando en California, EEUU, sean las 16:29, o sea, en España, a las 01:29 de mañana. Pero la mítica fecha que los fanáticos de los viajes en el tiempo llevamos tanto esperando es el 21 de octubre, así que creo que bien podemos saltarnos las diferencias de husos horarios y actuar como si todo el planeta viviera con la hora californiana.

Por eso, me anticipo solamente unas horas al sacar a la luz esta carta dirigida a Marty McFly. Dice así:

«Querido Marty. Hoy llegas en el DeLorean en lo que para ti apenas ha supuesto un acelerón en el coche. Pero muchos llevamos aguardándote durante más de 25 años. Somos los que hicimos cálculos a finales de los 80 para saber qué edad tendríamos hoy. Y aunque nos parecía imposible cumplir tantos, lo cierto es que aquí estamos, resistiendo a los calendarios y emocionados, esperando la aparición de los frenazos de fuego de tu mítico coche.

Cuando bajes de él, supongo que creerás encontrarte automóviles que vuelan, patinetes levitando y zapatillas que se ajustan solas al pie. Puede que te lleves una sorpresa. Nada de eso ha pasado todavía. Lo siento, Marty. Tendrás que asumir que, aunque acertaron en algunos aspectos, el 2015 no es tal y como lo pensaron Robert Zemeckis y Bob Gale, los guionistas de Back to the Future II.

Sí, ya tenemos vídeo conferencias y cine en 3D, y hay quien está probando gafas que ven la realidad de otro modo o ropa que incorpora chips que la convierten en algo parecido a la magia. Pero falta mucho, mucho todavía. Ni siquiera estamos seguros de que lo bueno vaya a llegar.

Tú acabas de salir de un mundo en Guerra Fría, y apareces en otro donde la guerra de guerrillas es más caliente que nunca. Donde los territorios de antiguos imperios ven cómo sus poblaciones se tienen que marchar a cruzar mares como sepulcros para intentar sobrevivir. Marty, tú dejaste una América en la que Reagan sonreía al futuro y hoy te encuentras una Europa dividida, acuciada por la obcecación de sus líderes y presa de la inseguridad. Dejaste una África paupérrima y te la encuentras prácticamente igual. Ha disminuido el número de pobres en el mundo, pero siguen muriendo de hambre casi treinta mil personas a diario. Los ciudadanos del 2015 te debemos de parecer asustados, perdidos, desnortados (¿o sería mejor inventar la expresión «desurados»?).

No sé, amigo McFly. Quizá es que debiste poner el marcador más allá aún: en el 2100, 2200… vete tú a saber.

A cambio, tenemos internet, algo que te asombrará tanto como a nosotros tu máquina del tiempo. Y nos hallamos inmersos en una revolución tecnológica, sanitaria y científica que parece imparable. Tenemos satélites en los confines del sistema solar, y sondas en Marte, donde dicen que hay agua para dar y tomar.

Lo que quería decirte, Marty, es que te hemos esperado con ansia. A ti te han parecido instantes, pero nosotros te hemos echado de menos durante muchos años. Nos fascinas porque nos fascina el viaje en el tiempo: quizá porque nos permita arreglar los errores del pasado, o porque nos haga sentir poderosos, o porque nos sacie la curiosidad por el futuro…

Sí, ya sabemos que te llevarás un almanaque deportivo. Es un regalo del diablo. En él verás, por cierto, que el Atleti volvió a perder una Copa de Europa al final del partido.

En fin, un consejo, amigo: si te dicen que eres un gallina, no hagas caso. El verdadero valor es ser tú mismo, y no someterte a lo que dicen otros; mucho menos, otros que nada te importan. Y eso vale en el presente, el pasado y el futuro.

Marty, te queremos, te hemos esperado tanto… que casi nos mereceríamos que nos dieras una vuelta en el DeLorean… aunque sólo fuera para volver a los momentos en los que se estrenaron las películas de la trilogía y verlas de nuevo por primera vez. ¡Bienvenido al 2015, Marty McFly! ¡El futuro no está escrito, amigo!»

Rocky I

Dicen que Pablo Iglesias está cansado; no sé, es como si Stallone llegara agotado al primer día de rodaje de Rocky I. Hace justo un año Iglesias se aparecía ante la opinión pública como un Hércules dispuesto a subir a los cielos para abrir las puertas del Olimpo y desalojar a Zeus y a toda su casta. Pero el transcurso del 2015 ha ido sumiendo al héroe de la nueva política en una suerte de melancolía de la que no parece fácil que salga. Se le fueron las elecciones andaluzas y Monedero. En las municipales, ganó en Cádiz, pero en Madrid y Barcelona cada vez parece más claro que el triunfo se debió al conglomerado de fuerzas, con lo que ya hay quien se atreve a decir que Colau y Carmena no ganaron gracias sino a pesar de Podemos. El que Merkel domara a Tsipras después del referéndum griego también resultó un duro golpe para Iglesias, que se había abrazado a los postulados de Syriza. Las urnas catalanas sepultaron sus ilusiones de ofrecerse como un catalizador de la cuestión social, más allá del debate del nacionalismo. Y la puntilla la ha puesto el encuentro con Albert Rivera en La Sexta, tras el que se extiende la idea de que resultó más convincente el líder de Ciudadanos, que de este modo le habría arrebatado la bandera de la regeneración.

Las encuestas muestran el retroceso paulatino de Podemos. Parece extraño, pero da la impresión de que la legislatura que acaba no fuera la de Rajoy sino la de un Pablo Iglesias que llegara desfondado al inicio de la campaña. ¿Por qué ese cansancio? ¿Falta de preparación, de hechuras, de realismo? Hace apenas dos semanas del desencuentro definitivo entre Alberto Garzón e Iglesias, pero hoy por hoy va pareciendo que es a Garzón al que no le interesa ir de la mano en una lista conjunta.

Y de todos los reveses que ha ido sufriendo el líder de Podemos en 2015, el de ahora parece ser el más duro, porque es el golpe que se propina uno a sí mismo: el cansancio. Es la derrota del propio cuerpo, que parece negarse a seguir al líder. Y si no se sigue ni él…

Suena la música de Rocky y Pablo Iglesias se recuesta. ¿Despertará antes de que comience el combate? ¿U optará por adormecerse en el avión camino al Europarlamento? Quizá prefiera el sueño a la realidad; un sueño en el que vuelve al 15M, cuando todo estaba por hacer. En los sueños no se siente el cansancio. ¿Y esos votos que se le escapan? ¿Hacia dónde los lleva el viento? La abstención, Ciudadanos, el PSOE, Izquierda Unida… por do más pecado había.