Orwell conoció 2021

VIENE DE LA COLUMNA ANTERIOR

Continúo aquí la reflexión iniciada a colación de los escritos de George Orwell. Avisados habíamos quedado los lectores de con quiénes estábamos tratando desde que disfrutamos de las novelas de Rebelión en la granja y de 1984. A esto añado el tomo de ensayos que en España fue titulado El poder y la palabra y en el que este autor se explaya mencionando el uso torticero que los poderes hacen del lenguaje, de la literatura y de los vocablos; los que están al mando gustan de vaciar de contenido las palabras para rellenarlas con uno nuevo. El lenguaje, por lo tanto, es uno de los instrumentos que el poderoso emplea para manipular al ciudadano. El otro es el sentimiento, que se moldea a través de las manifestaciones artísticas (la pintura, la ficción literaria, el cine, ahora las series…).

En un mundo que correspondiera a lo que nos han contado, sería el pensador o el poeta quien dijera al gobernante cómo hay que hablar. Como en realidad el sistema de poder establecido es distinto a lo que nos han dicho, en la práctica ocurre lo contrario: es desde el poder desde donde surgen las directrices respecto a cómo nombrar las cosas.

Pondré algún ejemplo vivido en primera persona en los llamados medios de comunicación. Recuerdo cuando en uno de los programas en los que he trabajado llegó la secretaria de Estado de Educación de turno. Su aparición se debía a la actualidad de la llamada Ley Wert. Aquella señora insistía en que no debíamos referirnos a esta ley de ese modo.

– Ya, pero es que se la conoce así. Se trata de que los espectadores sepan a qué nos referimos.

– No, su nombre es Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa. La LOMCE. Preguntad por ella en esos términos.

– Usted dé las respuestas, que de las preguntas ya nos ocupamos nosotros.

Ocurrió tal que así. Por supuesto, en el rótulo apareció Ley Wert, su denominación popular. ¿Qué estaba ocurriendo entonces? Sencillamente, que ella intentaba marcar el vocabulario, el lenguaje, el modo de hablar. O sea: el modo de pensar. Diciendo Ley Wert la audiencia identificaba de inmediato la polémica suscitada en torno a la norma en cuestión con el propio ministro del ramo, José Ignacio Wert. Y era lo que la secretaria de Estado de Educación intentaba evitar. Ella estaba en su derecho, diríamos, de contestar como quisiera. Pero no deseaba limitarse a ese papel: su intención llegaba más allá, queriendo tener la potestad de decir cómo tiene que preguntar el periodista. Es a lo que están acostumbrados, por otra parte.

En las últimas semanas, desde la oficialidad se insiste en la diferencia entre morir «por coronavirus» o morir «con coronavirus». Y me llega que hoy la ministra de Igualdad, Irene Montero, ha acuñado el término «monomarental», algo que parece haber causado mucho jolgorio pero ante lo cual hay que recordar el verso de Serrat: «Si no fueran tan dañinos, nos darían lástima».

Orwell habla de la nuevalengua. Con ella, el poder nos dice: tenéis que volver a aprender a hablar. Os reprogramaré, actualizaré vuestros vocabulario y sintaxis, y con esto estaré causando que juzguéis el mundo según parámetros que me interesan a mí, que en estos momentos ocupo el mando.

Orwell se basó en lo que tenía a mano, que era la manipulación que los nazis y los soviéticos hacían del lenguaje, pero entendemos que esto no es nuevo. Ayer yo afirmaba que la manipulación y la censura probablemente sean tan antiguas como la sociedad humana, al menos desde que ésta se organiza a partir de un grupo que ostenta el poder. Galdós se refiere a la censura que Napoleón impuso a la prensa en Francia después de lo de Trafalgar. Ramsés II en Egipto «vendió» su «empate técnico» con los hititas en Qadesh como una victoria, y de esto hace más de treinta y dos siglos, que sepamos. En tiempos más recientes, la manipulación de la lengua desde el poder intentando imponer un modo de pensar se ha denominado «corrección política». Lo políticamente correcto. No insistiré en ejemplos de tal fenómeno, tan sabidos.

Porque prefiero hablar, antes de que se acabe la columna, de la diferencia que yo creo que existe entre la manipulación actual que ejerce el poder y la de antaño. En esencia, consiste en cambiar una y otra vez la citada reprogramación cerebral y en hacerlo de tal modo que cada vez pase menos tiempo entre actualización y actualización. Hace siglos, cualquier pobre hombre aprendía pronto las cuatro reglas, que sí, que podían estar encauzadas a que la gran masa tragara con ciertas cosas, asumiera la supremacía de determinados estamentos e incluso viviera asustado del infierno, del dolor o del castigo, qué sé yo. El miedo es muy útil a la hora de hacer que la gente obedezca. Sin embargo, era difícil que a lo largo de la vida de ese señor las cosas cambiaran. Lo hacían poco o nada. Las escasas reglas básicas que respetar, por manipuladas que estuvieran, se mantenían estables.

Ahora, no. A medida que las sociedades se han hecho numerosas, y no digamos ya cuando fue llegando la comunicación social de masas, el poder ha ido variando sus consignas, sus mandamientos, cada vez más rápidamente. El humor es uno de los primeros damnificados, y en este sentido basta ver cualquier programa de hace veinte o treinta años para comprender que ahora mismo sería imposible que se emitiese. Cambian los términos. Ahora hay que decir todos y todas. Ciudadanos y ciudadanas. En los noventa en España no se podía decir que un tío era negro, sino una «persona de color». Luego eso ha vuelto a cambiar. Cada cuatro o cinco años van actualizando el lenguaje correcto. ¿Para qué? ¿Por qué hacen esto? ¿Qué diferencia esta manera de manipular de la de siempre?

Es sencillo: logran que el ciudadano pierda la perspectiva, la capacidad personal de juicio. Logran lo que en la novela de 1984 Orwell dice que lograron con el protagonista, que fue hacerle incapaz de percibir.  ¿Cuántos dedos hay aquí? No lo sé, dímelo tú. Es decir: no es que crea al Poder, al Partido o al Líder si me dice que ante una mano de cinco dedos lo que hay son tres dedos. No es que crea antes a los poderosos que a mis sentidos, es que necesito que me digan lo que tengo que pensar, que sentir, que opinar, que percibir… porque yo ya he quedado discapacitado para ello. He dejado de percibir. Percibid por mí, por favor, parecemos suplicar al poder.

Repito: éste es el fin de tanto cambiar el código de conducta, el lenguaje, las interpretaciones… el de conseguir que la gente no sepa ya qué pensar, sentir o percibir. Lo que digan los poderes.

Y en eso estamos. Orwell, puro Orwell, en 2020. Y no sólo en España. En todo el mundo. Y lo que queda.

Estamos jodidos, amigos. ¿Algo positivo? Sí: que siempre lo hemos estado. Y si no, leed a Orwell. Y quizá algo más: que la gente va abriendo los ojos, dándose cuenta del engaño masivo y continuado. Aunque, quién sabe, esto último puede ser una percepción errónea, un simple deseo.