La España guerracivilista

A estas alturas de la película, no seré yo quien descubra el gen del guerracivilismo que habita en la esencia hispana. Pero es imposible no volver al tema, porque ni siquiera remite ese mal en medio del desastre que vivimos, con la sociedad paralizada, miles de personas infectadas por coronavirus y un número de muertos que ya supera los diecisiete mil -y esto, sabiendo que ambas cifras están muy disminuidas: a la mitad y puede que a un tercio o a un décimo, quién sabe-.

La respuesta que se percibe, al menos en las redes sociales, es la de la polarización en dos bandos. Podrían quedar identificados con las etiquetas de rojos y de fachas. Se lanzan unos a otros estos calificativos a modo de pedrada, de insulto, y ahí andan, desoyéndose, avivando la hoguera. ¿Y en medio? Los que no pertenecen a ninguno de los dos grupos ultras, abochornados por la ínfima calidad intelectual que se desprende de los discursos que se escuchan e intentando distinguir si el rechazo que sienten por los gobernantes -por todos, por los de antes y por los de ahora- tiene más de asco que de cabreo, o viceversa.

Es difícil escapar de esta farsa de izquierdas y derechas que se ha planteado para que el personal mire sin ver. Y es complicado porque desde el poder no ha dejado de alentarse esa supuesta división, que a nada real corresponde. Los medios de comunicación, brazo de los estamentos dominantes, contribuyen sin cesar a que se perpetúe tal visión del mundo. Es inquietante preguntarse por qué los pobres piensan que los ricos los representan. O por qué los ciudadanos creen con inocencia que los mandamases de los partidos políticos se preocupan por ellos.

A estas alturas de la película, como decía, y ante un emergencia sanitaria, social y económica, la respuesta que se escenifica es la de volver a la francesada, a la guerra carlista, a la guerra civil. Y nos pilla esto sin Berlanga y Azcona, que al menos nos colocarían enfrente un espejo a través del cual contemplar todo el sinsentido que nos gobierna.

Una vez, hace tantos años que todavía no había internet, me costó mucho encontrar cierto título de Pío Baroja. Busqué por librerías de Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga, Córdoba, Valencia, Toledo… hasta que un día la casualidad me llevó a un establecimiento de viejo de Salamanca donde di por fin el tomo esperado. Hojas sueltas 2, escritos inéditos. Compartí con el librero mi alegría y le dije algo así como: «Es difícil encontrar a Baroja, se lee poco a este autor». Y el hombre me sacó del error: «¿A Baroja? Si somos miles y miles quienes lo leemos. Lo que pasa que no nos juntamos todos en un mismo sitio, somos gente solitaria, no nos gustan las multitudes». Pues ésa es mi esperanza, que los que no nos adscribimos al discurso partidista, quienes hemos detectado hace mucho que los actuales partidos políticos suponen una estafa, seamos como somos los lectores de Baroja: es decir, una mayoría, aunque silenciosa.

Grosso modo, los dirigentes procuran imbuirnos del odio entre bandos, porque esto es una estrategia que a ellos les mantiene el tinglado que montaron hace décadas. La sociedad civil dividida y pugnando entre sí en vez de mirar hacia quien se aprovecha de ello. Es el secreto de una partidocracia, de una oligarquía, que no conoce otro medio de subsistencia que el de vivir a costa de aquellos de los que en teoría se ocupa. Grosso modo. Pero más modo que grosso. Ay, que vuelvan Berlanga, Azcona y Pío Baroja, aunque sea para un rato.