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Cosmos, de Carl Sagan Rajoy

Carl Sagan nos enseña que el «cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez». Así nos lo recuerda el doctor Sagan cada vez que nos subimos con él a la nave de la imaginación, que es como él llama al vehículo que nos transporta en su serie Cosmos. De Sagan dijo el humilde Isaac Asimov que era una de las dos únicas personas más inteligentes que él mismo. La obra de Sagan sigue mostrándonos las maravillas del Universo en libros, trabajos de televisión y todas las entrevistas y magníficos materiales que el divulgador nos dejó. Sus seguidores conformamos una legión por todo el planeta. Y además hemos tenido la oportunidad de relamernos con el Cosmos 2 del astrofísico Neil deGrasse Tyson, científico al que muchos recuerdan por haber sido el «culpable» de que Plutón perdiese para nosotros su estatus de planeta (algo que el gran Sheldon Cooper de The Big Bang Theory no le ha perdonado todavía).

Pero ni Sagan ni Asimov, que tan bien anticiparon muchos de los acontecimientos y logros de nuestro tiempo, pudieron prever lo que ocurriría en 2015. Fue ayer mismo, cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se plantó en un encuentro de emprendedores que tuvo lugar en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Y allí se vino arriba al encontrarse de frente con uno de los fundadores de Apple, Steve Wozniak; se le subió la Marca España a la cabeza o lo mismo es que se mareó con las gafas azules que le habían puesto (los candidatos tienen el tic de besar niños y de ponerse en la cabeza todo lo que le van dando: sombreros, gafas, consignas…). Y entonces tembló el misterio, porque a Rajoy, inspirado, se le cayeron los velos de los ojos, vio más allá de la realidad y profetizó: «El futuro está al alcance de las manos, porque España tiene todo para convertirse no en el microcosmos, sino en el gran cosmos de la ilusión emprendedora a poco que no nos desviemos».

Es extraño que tanto entendimiento acerca de microcosmos, cosmos y otras entretelas físicas provengan de un país que ha paralizado la investigación. «A poco que no nos desviemos»: o sea, que me sigáis votando o cambiará la dirección. Ahí volvió a la mecánica clásica. Rajoy ayer enunció una especie de Teoría del Todo Español, donde protagonizó la proeza mayor: no la de aunar física cuántica y relatividad, ríase de eso, sino la de compatibilizar ilusión y panorama español.

«España se ha desembarazado de los lastres del pasado para emprender un futuro común. El trayecto ayer incierto es hoy imparable», siguió Rajoy. Y a su alrededor, en esa zona del Cosmos que sólo él habita, en la orilla de su océano cósmico, reinó el vacío. La nada. Lo de siempre. A ver si Higgs, el del bosón, puede meterle mano a esto. Viva Carl Sagan. Viva el vino. Rajoy parece a punto de romper a bailar en público.

La extraña pareja

Alberto Garzón y Pablo Iglesias no compartirán cartel para las elecciones, con lo que, de entrada, me están cuestionando el título de la columna. Pero es que resulta irresistible imaginar a Iglesias con el piso desastrado, y con Íñigo Errejón, Kichi y Monedero por ahí en medio, jugando al póker y asaltando una dudosa nevera llena de propuestas que se les están echando a perder. A esta escena se suma Alberto Garzón, que viene de no atreverse a acabar con Izquierda Unida lanzándola por la ventana de un hotel, y sin saber si se ha divorciado del todo o no de Cayo Lara.

A Garzón le duele el cuello, porque ha mirado a la izquierda con demasiado ímpetu, e Iglesias le sugiere que se quede a vivir con él, que hay sitio para los dos y que desde ese hogar pueden ir enmendando a dúo los siglos de casta que lleva sufridos este país.

Pero Garzón mira hacia el futuro y ve una convivencia complicada: teme que los cabellos caídos de la coleta de Iglesias le dejen atascada la ducha, se barrunta que Iglesias llegará siempre a deshoras por ir a la televisión de tertulia en tertulia, y se horroriza pensando en una mañana de domingo pasada en casa, los dos en chándal en plan Nicolás Maduro.

Pero, más allá de la humorada, sobre todo, me temo que Garzón siente que Iglesias no es más que él. O que la estrella del otro se va apagando. O que Iglesias no parece dispuesto a consensuar, sino a dictar. Vamos, que cuando Pablo dice «Podemos», el propio Garzón ha empezado a pensar: «No, no podéis».

Así que Alberto masculla cualquier excusa, recupera el tono muscular del cuello mirando a su izquierda de siempre, se desliza hasta el ascensor y acaba la película antes de tiempo. Allá baja, mirándose en el espejo, sin saber cómo lo acogerán en su casa y quizá pensando que su barba le recuerda a la de Anguita…

Atrás quedan Iglesias, Errejón, Kichi y Monedero, que no sabe si quedarse a dormir o no, si está o no está, si es o no es. De haberse quedado Garzón, ¿cuál de ellos habría tenido que dejarle su cuarto y dormir en el sofá?

Que no, que no, que sostengo el título: Alberto Garzón y Pablo Iglesias, la extraña pareja. Sólo que, por lo visto, no van a ser pareja. ¿Quién se beneficia más de esta ruptura preventiva: Garzón, Iglesias… o Pedro Sánchez?

La voz a ti debida

Mariano Rajoy tiene una pesadilla recurrente: él es un general romano que se acerca triunfal a Roma, pero en su carro va José María Aznar susurrándole al oído: «Recuerda a Albert Rivera». El presidente despierta sobresaltado cada mañana, antes del alba, se levanta rápido a consultar las portadas de los diarios y, como temía, el dinosaurio de sus peores sueños sigue ahí.

Y es que, por primera vez en décadas, al Partido Popular le ha salido un competidor real en sus campos de labranza. Al granero de votos conservadores se le puede haber abierto un boquete y por ahí quizá muchas voluntades se están yendo a Ciudadanos.

En un primer momento, Rajoy quitó importancia al asunto, dijo que los resultados de Cataluña no se podían traducir al resto de España y señaló que el rival seguía siendo el PSOE de Pedro Sánchez. Pero la voz de Aznar, desde lo más hondo del templo de las esencias, advirtió del peligro de deshilacharse por el centro-derecha. No se sabe a quién molesta más la voz del expresidente, pero desde luego quienes se han apresurado a responder han sido los de su propia grey (que no Brey). Hace unos meses, Aznar preguntó desafiante: «¿Aspira realmente el Partido Popular a ganar las elecciones?» La cuestión puede haber ido más allá. Parece que, como un profeta que llega de su retiro en el desierto, Aznar ya no pregunta si el PP aspira a ganar, sino sencillamente si puede hacerlo.

Ahora que por fin se le ha desprendido la fecha de las elecciones, Rajoy cruza el Rubicón y sabe que ya sólo quedan dos meses y medio para la batalla sobre Roma (no diremos Marcha sobre Roma, para no levantar suspicacias ni crear equívocas metáforas). Lo que no sé es si a la nómina de enemigos que podrían impedirle su segundo triunfo -el señalado Pedro Sánchez, el propio Albert Rivera, quién sabe si Pablo Iglesias…- el presidente también estará sumando el nombre de su prócer, José María Aznar. Rajoy sueña con un nuevo triunfo, sí, pero la suerte no parece estar echada y una voz resuena en su oído, día y noche, poniéndole en duda los soñados laureles. Y esa voz le insiste: «Recuerda a Albert Rivera».