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La rienda de Rocinante

Esta mañana he dado un buen paseo, una de esas caminatas que yo considero instructivas, es decir, de las que consisten en ir con la niña, a su ritmo, sin más ocupación que la de estar con ella, que no es poca cosa, por cierto. Cuando andamos así, abandonados, recuerdo siempre al Quijote, que llegando a una encrucijada soltó la rienda y dejó que Rocinante escogiese el camino a seguir.

Nuestro caballo imaginario nos ha conducido hasta una serie de lomas. A la niña le ha hecho mucha gracia coronar la cima de la más alta de ellas. «¡Se ve toda la ciudad!», ha festejado contentísima. Y el azar nos ha recompensado descubriéndonos un súbito parque en el que reinaba una tirolina. Hemos disfrutado mucho del artilugio, pues ni ella ni yo habíamos jugado nunca con semejante invento. Mientras mi hija gritaba loca de alegría cuando la rueda la desplazaba de poste a poste, me he dado cuenta del panorama. Desde el promontorio al que habíamos subido, la vista era para pensárselo: a un lado, el hospital, un gran edificio que parece hecho a base de copiar y pegar un módulo básico, con su cerca de hormigón y su interior sugiriendo análisis, medicaciones, tratamientos, ecografías, intervenciones y despedidas; y al otro lado, el cementerio, con sus lápidas y sus gentes de domingo yendo a visitar las tumbas de seres queridos o de seres odiados de los que se desea la constatación de la muerte. Mientras la niña gritaba «¡Otra vez, otra vez!», yo he sentido ese pellizco que nos recuerda que estamos de prestado. El sol arriba, amarillo y cálido en una mañana de otoño sin viento, sin más nubes que unas cuantas firmas artísticas en el cielo. Y acaso, porque el terror es más hondo de día que de noche, en la luz que en la oscuridad, me ha acometido el vértigo de la lucidez y he sido consciente de la fugacidad del momento feliz que disfrutaba. Me he obligado a saborearlo, ¡otra vez, otra vez!, a la vista de los recordatorios que abajo me señalaban la pronta caducidad humana. Por cierto, ¿a quién se le ha ocurrido colocar un parque infantil entre un hospital y un cementerio? Es que ni a Poe en su visión más inspirada…

Después el paseo nos ha llevado a un prado verde en el que jugar con la pelota. Con cuatro años, la niña ya le pega mejor que yo, lo que tampoco es que diga mucho a su favor… Y finalmente hemos llegado a un lago, donde una pasarela conducía hasta un mirador sobre las aguas. Nos hemos acercado hasta ese punto y, mientras la nena se embelesaba con los patos y las tortugas, yo he tenido mi éxtasis matutino: las pintadas de los muchachos que, entre candados y corazones, han dejado constancia de sus pensamientos y esperanzas. Tres frases he tenido que anotar. Las dos primeras, de un romanticismo extremo que me ha hecho salivar. Una decía: «Si fueses un error, te volvería a cometer». Y la segunda: «Tu peor castigo: dormir con otra, soñar conmigo». Pero la palma se la ha llevado la tercera. Cito textualmente: «Estoy harto de ser como he sido hasta hora». Sic. «Hasta hora». La conciencia de uno mismo que hay que haber alcanzado para decir eso, y qué efecto tan sorprendente el de esa hondura mezclada con la incomprensible falta en la palabra final, confundiendo hora con ahora.

Guiados por esa jugosa confusión en la que se mezclaban los parques de niños con los cementerios, los adverbios de tiempo con el tiempo mismo y las pasiones con el amor por las letras, nuestro paseo nos ha encaminado hacia la aventura de la tarde, que desemboca en este escrito. ¿Es así como se debe pasear, imitando al personaje cervantino y sin destino u objetivo? Ah, bendita voluntad la de Rocinante vagando libre. Voy sospechando que tal es la forma correcta, no ya de pasear, sino de vivir. Cada vez es más frecuente que me sorprenda pensando que el Quijote no estaba loco. Que los locos somos nosotros, empeñados en llevarle la contraria, aferrados a las riendas. Vale.

El gatopardo

En la universidad nos mandaron leer El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Yo siempre tuve mucho rechazo a la lectura obligada, incluso antes de conocer el juicio de Borges que decía que hablar de literatura obligatoria era tan absurdo y contraproducente como hacerlo de sexo obligatorio. A veces, podría poner muchos ejemplos, los libros sólo me empezaban a gustar al año siguiente, cuando ya no tenía que examinarme de sus contenidos y los releía a mi antojo, esta vez con gusto. No fue el caso de El gatopardo. No hizo falta esperar: desde la primera lectura, caí dentro de las páginas y me quedé perdido en el laberinto de habitaciones por el que deambularon los amantes.

Pero si recordamos esta novela italiana es por la máxima que se ha repetido hasta la saciedad y que parece que sigue marcando la pauta de las regeneraciones burguesas; algo así como: «Hay que cambiarlo todo para que nada cambie».

¿Es que eso es lo que va a ocurrir a finales de diciembre? Por lo que tenemos visto, estas puestas a punto o actualizaciones del sistema se producen cuando existe el riesgo de que los fundamentos varíen. Precisamente, como dice Lampedusa, para evitar que nada cambie. ¿Es lo que se teme ahora por parte de quien corresponda? Puede ser. Y de hecho, es probable que desde hace un par de años estemos asistiendo ya a esta adaptación de las cosas para no dejar de ser las mismas. Yo enmarco en esa estrategia general la aparición de los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, del mismo modo que entiendo que eso es lo que ocurrió con la creación de la UCD, con la instrumentalización del viejo PSOE a partir de la década de los 70 o con el PCE de Carrillo. Pero entonces, ¿qué queda fuera del sistema? Como fuera del Universo, nada. ¿Todo es Matrix? De ser cierta esta lectura, sobrepasaría el escenario español. Y también el europeo. Por tanto, supongo que la única pregunta, la que de verdad responde al resto de cuestiones, es: ¿quién manda aquí?

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Pues eso. Como dice nuestro amado Holmes: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad».

Días de radio

Los astrónomos nos cuentan que el Telescopio Espacial Kepler ha detectado una serie de señales que revelan que una estrella está devorando a uno de sus planetas y que éste tendría más o menos la composición de la Tierra, la de un planeta rocoso. La materia se precipita hacia el interior del astro, que deshace la roca y disuelve ese mundo como un azucarillo en el café. De modo nos avisan: así es como vamos a acabar. Dentro de 5.000 millones de años, vale, pero de ese modo tan cinematográfico.

Esa escena se encuentra a 570 años luz (con lo que los datos recibidos proceden de algo que no es que esté pasando ahora mismo, sino que en realidad ocurrió cuando Colón no había llegado a América). Pero algo de angustia se siente al leer esta noticia y escuchar a los astrónomos vaticinar que ese es el final del proceso. No sabría decir de dónde procede ese pellizco. ¿Acaso de lo más hondo de la materia, como si todos los elementos de los que uno está hecho se agitaran al escuchar que regresamos a la estrella, a la caldera de la que provenimos? Volvemos a la fuente. Cada átomo de nuestros cuerpos serranos salió de una estrella, a decir de los astrofísicos, y da igual que ese mismo átomo haya sido parte de una farola, de una cuenca minera, de una miss Uruguay o de una isla del Pacífico. Surgimos en las hogueras que son las estrellas… y al parecer vamos directos hacia ellas.

Woody Allen cuenta, creo recordar mal que en Días de Radio, ese momento en el que el niño le dice al psiquiatra que se encuentra angustiado porque acaba de enterarse de que el universo se expande, y la madre se mete en medio para gritarle: ¡Pero a ti qué te importa eso, si no vas a salir de Brooklyn! Ésa podría ser la esencia de esta columna: ¿por qué preocuparse por algo que va a ocurrir dentro de 5.000 millones de años, si ni siquiera sabemos con qué alineación va a salir Simeone frente al Valencia este fin de semana?

Tendría razón Heráclito: somos fuego. Y tendrían razón también quienes dicen que hay que ir pensando en abandonar la Tierra y buscar nuevas ubicaciones. Tanto lío para después tener que dejar Cataluña, por ejemplo. Si da pereza una mudanza y hasta ponerse a pintar el cuarto de la niña, lo de cambiarse de planeta o de sistema solar… pues pereza sideral.

Bien pensado, lo que de verdad causa vértigo no es saber que dentro de 5.000 millones de años aguarda un fin del mundo de crematorio, sino que nosotros, despojos atómicos salidos y destinados a regresar al horno de una estrella, estemos aquí intentando comprender, amarnos unos a otros, beber vino, reír, criar hijos y hacer poesía. Da la impresión de que somos una especie de basura que aspira a la belleza. Y eso es hermoso, supongo, como el verso de Juan Ramón Jiménez: «En el amor está la estrella».

Dicen que la columna está hecha para alumbrar; puede que sí, pero sobre todo, al que la escribe.

La Marsellesa

Viene siendo usual que el PSOE eche mano de la Iglesia para aventar el voto que se supone más a la izquierda en el espectro político. Lo cierto es que la cuestión religiosa en España se cerró a medias, como tantas otras cosas, llegando a un acuerdo de posibles y a la espera de que el tiempo y las leyes por dictar fuesen ordenando lo que se había compuesto como un apaño, como algo provisional. De hecho, la financiación de la Iglesia la acabó por apuntalar Felipe González. Antes, Adolfo Suárez dijo que estaba haciendo obra en la casa pero con la obligación de que siguiera habiendo agua, luz, habitaciones disponibles… Eso fue la transición, en mayúscula o no. Después, con los años, se sacralizaron muchos de esos acuerdos cogidos con pinzas y confeccionados para ser revisados. Unos dicen que eso ocurrió por la dificultad de la revisión; otros, que por interés de quienes disfrutaban de una posición privilegiada. Y en esas seguimos.

No es extraño, pues, que los socialistas se acuerden de la Iglesia y prometan atarla en corto si ganan las elecciones. Ocurre que si luego ganan todo suele seguir igual. Desconozco cómo andan las encuestas que llegan a Ferraz. Pero algo huele a urgencia cuando a los balcones de la sede del PSOE ha salido Pedro Sánchez a proclamar que si es presidente sacará a la asignatura de Religión del horario lectivo y que revisará el Concordato entre el Estado español y la Iglesia, obligando a ésta a los pagos en los que tiene bula. ¿Por qué hace esto Sánchez? Se vuelve a hablar de centro y se entona el cántico de que ganará las elecciones quien sepa conquistar los votos moderados. Pero quizá Sánchez sabe que eso no es cierto hoy como no lo fue nunca. Quizá sepa que en el centro está Ciudadanos y que es al votante de Podemos y al abstencionista, valga la redundancia, a quien debe convencer. O sea: mientras el centro le gana a la derecha, Sánchez quiere ganarse a la izquierda.

Se ha vestido de jacobino. Y esto ha sido tan literal que el socialista ha llegado a admitir que se mira en Francia como ejemplo de Estado laico. Suena la Marsellesa. Necesitará a los girondinos y a los jacobinos. Y a los sans-culottes. Me atrevería a decir: va a necesitar incluso a los socialistas, los que queden, y que puede que hayan perdido la costumbre de votar al PSOE.

Inspirado por su espíritu anarquista, Pío Baroja decía que en el enfrentamiento entre Iglesia y Estado estaba de parte del segundo, pero que en cuanto éste triunfara, también iría contra él. Sin llegar a tanto, Pedro Sánchez ha hablado de la separación entre Estado e Iglesia. Y esa simple declaración a muchos ya les suena a guillotina. No parece que la alarma llegue al río, al Sena, entendemos; tranquilos, los socialistas dicen esto todas las campañas. ¿Por qué esta vez iba a ser en serio? La vida sigue igual. Ah, París.

Regreso al futuro

Hoy llega Marty McFly. Hoy es 21 de octubre de 2015. Hoy es el día en el que surge de las dobleces del espacio-tiempo el joven Michael J. Fox a bordo del DeLorean para salvar a sus hijos de una mala situación. Hoy es el día de Back to the Future Part II, Regreso al Futuro II.

Ocurrirá exactamente cuando en California, EEUU, sean las 16:29, o sea, en España, a las 01:29 de mañana. Pero la mítica fecha que los fanáticos de los viajes en el tiempo llevamos tanto esperando es el 21 de octubre, así que creo que bien podemos saltarnos las diferencias de husos horarios y actuar como si todo el planeta viviera con la hora californiana.

Por eso, me anticipo solamente unas horas al sacar a la luz esta carta dirigida a Marty McFly. Dice así:

«Querido Marty. Hoy llegas en el DeLorean en lo que para ti apenas ha supuesto un acelerón en el coche. Pero muchos llevamos aguardándote durante más de 25 años. Somos los que hicimos cálculos a finales de los 80 para saber qué edad tendríamos hoy. Y aunque nos parecía imposible cumplir tantos, lo cierto es que aquí estamos, resistiendo a los calendarios y emocionados, esperando la aparición de los frenazos de fuego de tu mítico coche.

Cuando bajes de él, supongo que creerás encontrarte automóviles que vuelan, patinetes levitando y zapatillas que se ajustan solas al pie. Puede que te lleves una sorpresa. Nada de eso ha pasado todavía. Lo siento, Marty. Tendrás que asumir que, aunque acertaron en algunos aspectos, el 2015 no es tal y como lo pensaron Robert Zemeckis y Bob Gale, los guionistas de Back to the Future II.

Sí, ya tenemos vídeo conferencias y cine en 3D, y hay quien está probando gafas que ven la realidad de otro modo o ropa que incorpora chips que la convierten en algo parecido a la magia. Pero falta mucho, mucho todavía. Ni siquiera estamos seguros de que lo bueno vaya a llegar.

Tú acabas de salir de un mundo en Guerra Fría, y apareces en otro donde la guerra de guerrillas es más caliente que nunca. Donde los territorios de antiguos imperios ven cómo sus poblaciones se tienen que marchar a cruzar mares como sepulcros para intentar sobrevivir. Marty, tú dejaste una América en la que Reagan sonreía al futuro y hoy te encuentras una Europa dividida, acuciada por la obcecación de sus líderes y presa de la inseguridad. Dejaste una África paupérrima y te la encuentras prácticamente igual. Ha disminuido el número de pobres en el mundo, pero siguen muriendo de hambre casi treinta mil personas a diario. Los ciudadanos del 2015 te debemos de parecer asustados, perdidos, desnortados (¿o sería mejor inventar la expresión «desurados»?).

No sé, amigo McFly. Quizá es que debiste poner el marcador más allá aún: en el 2100, 2200… vete tú a saber.

A cambio, tenemos internet, algo que te asombrará tanto como a nosotros tu máquina del tiempo. Y nos hallamos inmersos en una revolución tecnológica, sanitaria y científica que parece imparable. Tenemos satélites en los confines del sistema solar, y sondas en Marte, donde dicen que hay agua para dar y tomar.

Lo que quería decirte, Marty, es que te hemos esperado con ansia. A ti te han parecido instantes, pero nosotros te hemos echado de menos durante muchos años. Nos fascinas porque nos fascina el viaje en el tiempo: quizá porque nos permita arreglar los errores del pasado, o porque nos haga sentir poderosos, o porque nos sacie la curiosidad por el futuro…

Sí, ya sabemos que te llevarás un almanaque deportivo. Es un regalo del diablo. En él verás, por cierto, que el Atleti volvió a perder una Copa de Europa al final del partido.

En fin, un consejo, amigo: si te dicen que eres un gallina, no hagas caso. El verdadero valor es ser tú mismo, y no someterte a lo que dicen otros; mucho menos, otros que nada te importan. Y eso vale en el presente, el pasado y el futuro.

Marty, te queremos, te hemos esperado tanto… que casi nos mereceríamos que nos dieras una vuelta en el DeLorean… aunque sólo fuera para volver a los momentos en los que se estrenaron las películas de la trilogía y verlas de nuevo por primera vez. ¡Bienvenido al 2015, Marty McFly! ¡El futuro no está escrito, amigo!»

Rocky I

Dicen que Pablo Iglesias está cansado; no sé, es como si Stallone llegara agotado al primer día de rodaje de Rocky I. Hace justo un año Iglesias se aparecía ante la opinión pública como un Hércules dispuesto a subir a los cielos para abrir las puertas del Olimpo y desalojar a Zeus y a toda su casta. Pero el transcurso del 2015 ha ido sumiendo al héroe de la nueva política en una suerte de melancolía de la que no parece fácil que salga. Se le fueron las elecciones andaluzas y Monedero. En las municipales, ganó en Cádiz, pero en Madrid y Barcelona cada vez parece más claro que el triunfo se debió al conglomerado de fuerzas, con lo que ya hay quien se atreve a decir que Colau y Carmena no ganaron gracias sino a pesar de Podemos. El que Merkel domara a Tsipras después del referéndum griego también resultó un duro golpe para Iglesias, que se había abrazado a los postulados de Syriza. Las urnas catalanas sepultaron sus ilusiones de ofrecerse como un catalizador de la cuestión social, más allá del debate del nacionalismo. Y la puntilla la ha puesto el encuentro con Albert Rivera en La Sexta, tras el que se extiende la idea de que resultó más convincente el líder de Ciudadanos, que de este modo le habría arrebatado la bandera de la regeneración.

Las encuestas muestran el retroceso paulatino de Podemos. Parece extraño, pero da la impresión de que la legislatura que acaba no fuera la de Rajoy sino la de un Pablo Iglesias que llegara desfondado al inicio de la campaña. ¿Por qué ese cansancio? ¿Falta de preparación, de hechuras, de realismo? Hace apenas dos semanas del desencuentro definitivo entre Alberto Garzón e Iglesias, pero hoy por hoy va pareciendo que es a Garzón al que no le interesa ir de la mano en una lista conjunta.

Y de todos los reveses que ha ido sufriendo el líder de Podemos en 2015, el de ahora parece ser el más duro, porque es el golpe que se propina uno a sí mismo: el cansancio. Es la derrota del propio cuerpo, que parece negarse a seguir al líder. Y si no se sigue ni él…

Suena la música de Rocky y Pablo Iglesias se recuesta. ¿Despertará antes de que comience el combate? ¿U optará por adormecerse en el avión camino al Europarlamento? Quizá prefiera el sueño a la realidad; un sueño en el que vuelve al 15M, cuando todo estaba por hacer. En los sueños no se siente el cansancio. ¿Y esos votos que se le escapan? ¿Hacia dónde los lleva el viento? La abstención, Ciudadanos, el PSOE, Izquierda Unida… por do más pecado había.

La belleza

De entre todos los titulares leídos esta mañana, uno se queda acompañándome el resto del día. En la contra de El Periódico: «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca». Lo dice Boni Ofogo, un señor camerunés que ejerce de narrador oral. Resulta tentadora la idea de pensar en la persona de avanzada edad como una sucesión de historias, como una hilera de estanterías donde los recuerdos son volúmenes que se agolpan, se distribuyen o se ordenan a su antojo. Porque, si eso es así, nosotros, los protoancianos, constituimos una gran biblioteca en ciernes con sus pasillos en construcción y muchos de esos tomos ya a la espera de ser leídos por generaciones futuras. Aunque, bien pensado, quizá el único lector de los recuerdos propios sea uno mismo.

El sábado pasado estuve en el castillo de Manzanares el Real, donde mi amiga María Peña organizaba un evento de artistas. En el patio de armas, un grupo de poetas declamaba sus versos mientras que un grupo musical aligeraba el aire con violines y guitarras y un par de pintores iban armando un lienzo hecho en cuatro trozos que después unieron. La tarde vino con lluvia y fue dejando paso a una noche fresca donde el otoño se sabía fuerte. Los artistas deben agradecer la lluvia, pues deja el ánimo más permeable a la belleza.

Al salir del castillo parecí guiarme por el olor de las chimeneas, que ya habían ido hilando sobre los paisajes sus telarañas de humos. Abajo, un pantano, unos colores que se apagaban, una humedad en el ambiente que estaba pidiendo a gritos una fogata y un buen libro. Dejé que la cabeza se me llenara con esos pájaros de ensoñación y, camino a casa, atravesando carreteras y con las últimas luces de la jornada, vi ganado pastando bajo la lluvia y a unos cuantos paseantes que habían salido a dar una caminata, a pesar del agua. Cuando llegué, lo hice de la mano de la noche, encontrando un aparcamiento en la misma puerta y un hogar caliente.

Cuento todo esto porque hoy lunes llueve de otro modo. Llueven otros titulares, llueven otras noticias con las que trabajamos para montar la jornada laboral, llueve lunes. Es habitual que el primer día de la semana tenga algo de irreal, como si costara ir arrancando o incorporándose a la vida cotidiana. Como cuando un antiguo conocido decía que no le gustaba viajar en avión porque el alma no podía seguir al cuerpo tan rápido y él notaba un cansancio extremo, se supone que hasta que el ánima se reencontraba con su carne. Y, sin embargo, hoy, al leer el titular de El Periódico, he comprendido que la tarde del sábado seguía vigente dentro de mí. Su hoguera todavía ardía. Son las ganas de contar una historia. El oficio que te reclama. Y la prueba de que las historias, las que más importan, pocas veces suponen actualidad inmediata. Por mucho que Irene Lozano, por mucho que el encuentro entre Rivera e Iglesias, por mucho que el lunes. Con estos mimbres, me encauzo hacia la semana, que rompe a crepitar bajo el titular «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca».

Si a

Oliver Twist

Los números se obcecan: un nuevo estudio europeo dibuja a España como una gran factoría de pobreza. 13,6 millones de personas pobres, de los cuales más de tres se encuentran en una situación extrema. Son 800.000 más que el año anterior. Intuimos que se trata de gentes que no se quieren enterar de la recuperación de los grandes números. ¿Podríamos estar peor? Si sigue la inercia, no hay más que esperar otro año, desde luego. Ojalá no.

La crisis ha pasado. En efecto: esto es lo que ha dejado tras ella. Después de la gran tormenta, lo que nos ha quedado es una gran inundación. Y mientras el barro llega hasta los techos de las casas de la gente, nos van diciendo que lo importante es mirar hacia el cielo, porque si nos fijamos bien veremos cierto arco iris.

El futuro no está escrito. Pero si queremos que esto cambie, desde luego habrá que dejarse de meteorologías y ponerse a limpiar el barro -la pobreza- y establecer diques de seguridad para que no vuelvan las inundaciones cuando regresen las lluvias.

No se perciben salidas desde la política. Las urnas cada día se revelan más como un reparto de los papeles que como un cambio de obra. Quizá es que las elecciones fueron siempre eso: decidir quién hará de Hamlet y quién de Shylock. Pero siempre, Shakespeare.

Parece que es desde la tecnología, la técnica, la ciencia o la medicina desde donde se nos ofrecen esperanzas, grandes esperanzas. Nos aferramos a ellas para intentar creer que no estamos a puertas de revivir Oliver Twist. Esos millones de personas inmersos en la pobreza, aquí, en España, ya sólo esperan algo: que vuelva Dickens.

Una noche en la ópera

A esta hora, yo entiendo que usted ya sabe del nuevo vídeo del Partido Popular. El de la reanimación de España. Reanimación que, dicho sea de paso, es lo que muchos hemos necesitado para salir del marasmo de estupefacción en el que sume lo que se va viendo en esa pieza. Particularmente, sólo he recuperado la movilidad en varios de los dedos, cosa que aprovecho para ir tecleando esta columna a la espera de que los músculos faciales me respondan y a ver qué pasa con la mandíbula.

Más allá de que el vídeo sea plagiado o no, como ya se dice por ahí, lo que más urge es saber quién aprueba estas campañas. Porque hay un momento en el que, digo yo, alguien se sienta en una sala, le da al triángulo del play y le pasa el contenido del vídeo a un grupo de responsables. Y otro alguien con mando en plaza tiene que haber dicho: Ok, me gusta, aprobado, que se emita. Quién es, por todos los dioses, quién es esa persona. ¿Alguien que baila, que canta, que calla…?

Creíamos que se había tocado techo tras el exitazo del vídeo en el que Rajoy iba casa por casa dando las gracias (con contraplanos, sin compartir plano con nadie, por cierto, y eso que eran actores) pero sobre todo después de la escena en la que los pesos pesados de Génova tomaban café y Floriano soltaba lo de que «les había faltado piel»; ya pensábamos que no había más, que el camino de lo audiovisual en el PP había llegado a su Finisterre y que enfrente, sólo el mar. Pues no. El talento no conoce límites.

Empiezo a plantearme en serio si los populares no están haciendo todo esto a propósito para dilapidar cualquier opción que les quede de salir bien parados en las elecciones. Dos meses largos. Y la respuesta ante los envites de la actualidad de ayer (el Montorazo, las marchas de Cayetana Álvarez de Toledo y Arantza Quiroga, la pérdida de formas de Margallo en el Congreso…) es un vídeo. ¿Nadie va a tomar el timón del barco en medio de la tempestad? Es como si a la crisis del 29 el presidente Roosevelt en vez de con el New Deal hubiese respondido emitiendo Una noche en la ópera, de los hermanos Marx.

La semana pasada enviaron a Javier Maroto, vicesecretario sectorial, a entenderse con los del cine. La Unión de Actores. Después de ver el vídeo de ayer, desde luego que se comprende la necesidad de guionistas y realizadores que acucia a las filas populares. En estos momentos nadie sabe si el PP va a ganar algo en las elecciones, pero visto lo visto y a falta de varios vídeos más que parece que ya se están produciendo, el Goya cae fijo. Dios santo, que lo entregue Almodóvar.

Entrevista con el vampiro

Ahora que la revista Playboy anuncia que va a dejar de sacar desnudos en portada, va el ministro Cristóbal Montoro y se desnuda metafóricamente en El Mundo, en una entrevista de la que supongo que a Jorge Bustos, el periodista, todavía lo están recuperando en la sala de reanimación. Bustos ha pedido dos transfusiones de gintonic, porque ha visto de cerca al hombre, ha hablado cara a cara con él, ha conocido los susurros de los espejos.

La silueta de Montoro sobre una pared es la de Nosferatu. Que viene él. Él. El que conoce nuestras haciendas. El que cobra los impuestos. El que habita en el castillo al que acudimos a hacer las declaraciones de la renta, el pago del IVA, las cuentas del alma… El ministro afila sus colmillos y tiemblan las carteras, prestas a desangrarse.

Pero a pesar de la estética vampírica, Montoro se cree Van Helsing. Se ve a sí mismo como el antídoto a la crisis, a la intervención y al abismo. Y reivindica el estacazo en el corazón que le lleva dando al desastre de las cuentas durante toda la legislatura. Es llamativo que en una cartera tan técnica como la de Hacienda el ministro tenga un perfil político de tamaña talla. Porque las dentelladas que ha soltado Montoro en la entrevista que hoy está estremeciendo a todos son sin duda al cuello. Desde Alfonso Guerra, no se recordaban mordiscos tan bien tirados. Y han sido dirigidos esencialmente al cuello de los amigos, en una reacción propia de gente harta. Cristóbal está cansado de no poder comer ajos. Y le dice a Aznar que se meta en lo suyo, que no moleste. Y a Margallo, que es rehén de su arrogancia intelectual. Y a Rato, que cómo es que alguien con su renta puede usar una tarjeta black para ahorrarse unos miles de euros. Y al inventor del eslogan «economía con alma» que eso es una tontería. Y a los suyos, en general, que no entiende que se avergüencen de ser del PP.

Muchos lo perciben como a Nosferatu; otros, como a Chiquito de la Calzada en Brácula o a Polanski en el Baile de los vampiros. Hay incluso quien cree que Cristóbal Montoro, en realidad, vive su Crepúsculo. Pero él pretende ser el atrayente Drácula de Coppola que sostiene que el amor nunca muere. Y a mí el que me preocupa es Jorge Bustos, el periodista, que se metió en el ministerio de Hacienda con su bloc de notas y, bueno, cuando le cerraron las puertas aquello se convirtió en Abierto hasta el amanecer. En fin, que a Montoro le va a pasar como a Christopher Lee: tarde o temprano le sucederán en el papel, sí; pero admitámoslo: como él, ninguno.